Surf Chocó

Surf Chocó

En diciembre arranqué de viaje para el Pacífico colombiano con la idea de conocer un nuevo lugar en Colombia. Debo confesar que no me gusta tener un plan definido para los viajes y que dentro de mi itinerario sólo estoy seguro del primer destino, a partir de ahí dejo que cada situación no planeada sea una oportunidad para recrear y descubrir nuevas cosas. dsc_0104Tras navegar por 18 horas desde Buenaventura a Bahía Solano, tomé una camioneta que me llevó hasta el corregimiento de El Valle en el Chocó.

El plan inicial era tomar fotos increíbles y charlar con la gente del pueblo para que me aconsejaran de sitios que debía visitar. Sabía que en el Chocó habían olas para practicar surf, pero en ese momento aprender a surfear no estaba dentro de mis planes. Todo cambió cuando me hospedé donde Juan Carlos Echeverry, un publicista bugueño que recién había rentado una cabaña frente al mar para recibir surfistas y fabricar tablas de surf en el corregimiento de El Valle. Juan Carlos —o Yicar como le llaman los surfistas— aprendió a montar olas en Costa Rica y desde ahí tuvo claro que quería vivir al lado de las olas para hacer de este deporte su forma de vida. Llegó hace cuatro años al Chocó acompañado de un bulto de lentejas y comenzó a trabajar en un hotel donde le daban el hospedaje a cambio de dos horas de trabajo al día. Después de un tiempo se fue a vivir a Bahía Solano donde hace un año creó La Guía de Bahía con el objetivo de promover el turismo y la práctica del surf en la región.

El surf me llamaba la atención, no sólo porque me parecía chévere la habilidad de montar olas sino también por la armonía que tiene este deporte con la naturaleza. Cuando llegué a la cabaña de Juan Carlos supe de inmediato que mi plan de viaje había cambiado y que ya no sólo tenía el objetivo de conocer las riquezas del Chocó sino que también quería aprender a surfear. Mi debut en las olas estuvo acompañado de un espectacular atardecer y condiciones perfectas para aprender. En la primera experiencia con la tabla me dí cuenta que es un deporte exigente que requiere de mucha habilidad, buen físico y equilibrio, y que para aprender a montar olas hay que tragar mucha agua.

A partir del primer intento fallido me propuse la meta de montarme en una ola y sentir la sensación del surf. Todos los días estaba pendiente del mar intentando descifrar el tamaño de la ola que iba caer en la marea alta. En el transcurso del día pasaban por la cabaña los surfistas del pueblo para hablar de las olas, del futuro del clima y de la hora de salida al mar, en el momento indicado. Sólo era cuestión buscar una pantaloneta, agarrar la tabla y caminar cinco minutos hasta la playa El Almejal. Los demás surfistas iban llegando desgranados a la playa para la iniciar jornada deportiva, en donde hacíamos los calentamientos previos y entrábamos al mar a una nueva cita con las olas. Después de una semana de intentos y de llevar una dieta a punta de agua salada, logré pararme en la tabla y deslizarme por la pared de agua que forma la ola. Al fluir con la tabla por primera vez no paraba de gritar de la emoción, tuve una sensación tan intensa y deliciosa que me hizo entender por qué el surf es un deporte enviciador que cambia la forma de vida de las personas.

Después de un mes de viaje y de lograr montarme en varia olas, inicié mi camino de vuelta con la satisfacción de la labor cumplida. Recuerdo con nostalgia los momentos que pasé corriendo olas y meditando en medio del mar, y para ser sincero, me gustaría vivir un tiempo al lado de las olas para poder sentir la sensación del surf más seguido.

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