Taller primíparo

Taller primíparo

“Es todo inventado, pero
todo es verdad”
John Ford

Fue una mañana violenta, como siempre. El grito de mamá, el celular y su alarma, los gatos en el tejado en horas de la madrugada, el calor, una cucaracha volando tercamente sobre mi cabeza y los recuerdos de mi novia acompañados por la maldita realidad: primer día como futuro escritor.
Gracias a una visita virtual que realicé días atrás desde mi computador, cuando llegué a la U, pude ubicar la Facultad sin dar tantas vueltas y sin hacer preguntas. Entré y vi las sillas vacías y sobre ellas unas hojas de papel. Sobre el tablero acrílico habían escrito “Bienvenidos a clase de literatura”. Sonreí fugazmente. Esquivé algunos puestos y llegué al final. Agarré las hojas que correspondían a mi lugar y me senté. Las hojas decían algo así: “Primer taller de escritura creativa. Redactar un cuento donde la temática sea las llamadas primiparadas. Tenga en cuenta recurrir a la cotidianidad y a la sensatez. Nada de ciencia ficción, en lo posible los escenarios serán la misma universidad.”.
La verdad es que nunca había pensado en un cuento que tratara el castigo a los primíparos. Pero era un excelente ejercicio para inventar. Mi historia narraba la pequeña desgracia de un estudiante cuya primiparada había sido la jugada trampa de quedar encerrado en la Facultad de Ciencias, más exactamente en los laboratorios de química. Allí intencionalmente se derramó un líquido que manchó raramente la ropa del primíparo. Toda la facultad llegó al laboratorio, entre ellos quien había organizado la broma. Alguien con pinta de profesor, ordenó al joven que se despojará de toda la ropa porque al parecer el líquido era altamente peligroso. Con vergüenza tapaba sus genitales mientras miraba a través de los ventanales a decenas de estudiantes a la expectativa. El supuesto profesor abrió las puertas y ordenó al primíparo salir y exponerse al sol. Todos hicieron una calle de honor por la que dolorosamente pasó aquel estudiante. Todos reían y hacían burlas. Ya en un lugar donde el sol pegaba enérgicamente fue obligado a extender sus brazos. Cuando lo hizo toda la multitud exclamó: “¡Uuuiiissshhh!”
El profesor entró y con un vital “buen día”, y una sonrisa cómplice de algún chiste, ordenó entregar las hojas con los textos. Retiró los audífonos de sus oídos y luego se presentó como docente del área de Escritura Creativa. Limpió el tablero y tomó asiento. “Por favor cada uno hace su presentación desde su silla —el profesor bastante joven por cierto, llamó a un joven que esperaba sobre el umbral de la puerta—. Tomá Martínez entregále a Simón el de gramática y decíle que es urgente, que los revise y los traiga de regreso antes del medio día”.Ambos sonrieron.
El docente salió y al cabo de nueve minutos regresó con lista en mano. Llamó a diez y los envió para otro salón, un tal Venancio 343. Otro grupo fue enviado a la plazoleta central, a la cafetería y al parqueadero. Quedaban dos nenas, el niche y yo. “Roger Sinisterra, María Alegría y Rubiela Pacheco por favor dirigirse al laboratorio de química —ordenó el docente mientras hablaba por un radio teléfono—. Y usted pelao vaya para la biblioteca”.
Sentí alegría al cruzar la puerta del salón, pero atrás sólo quedaron risas y más risas de aquel maestro. Andaba por el costado izquierdo y no veía sino las facultades de ciencias y música y estudiantes en las afueras como preparando un gran simulacro. Regresé al salón y no encontré a nadie, fui a la oficina de información donde atinaron a señalarme un mapa sobre un mural. De repente escuché una algarabía, a la par que la gente corría hacía la Facultad de Ciencias, otras al parqueadero, a la plazoleta central, la cafetería y otras que comentaban: “Vamos pal Venancio, vamos pal Venancio… Jajaja…”
No lograba entender nada. Lo más cerca era la Facultad de Ciencias. Cuando llegué a la multitud me empiné y vi estudiantes a lado y lado de la facultad. No lograba ver lo que sucedía. De repente el bullicio aumentó y escuché al fondo que alguien gritó “¡Uish!” y más al fondo pude ver a mis compañeros el niche, la buenona y una fea correr desnudos hacia un lugar seguro.

Bocadillo
El supuesto profesor abrió las puertas y ordenó al joven salir desnudo y exponerse al sol y a la multitud que no paraba de reírse.

Comments

comments