La verdad sobre los lavaperros

La verdad sobre los lavaperros

Foto por: Luis Gaviria - EL CLAVO

Desentrañamos la fel realidad de alguos peones de la mafia

Pobre Pinedo. Cuando entendió que lo único que hacía a sus 29 años era ver televisión, emborracharse con sus amigos, y vivir de lo poco que ganaba su anciana madre lavando ropa,  decidió probar fortuna en el mundo de la mafia. Así que dedicó las mañanas a fortalecer sus músculos y las noches a intimidar a conocidos y desconocidos, hablando como gánster enojado (aunque la única que le obedeciera fuera su madre, por lástima). Y le agregó el toque secreto, según él, y esto lo aprendió de tanta serie mafiosa de la televisión: se hundió la afeitadora en una mejilla, buscando una cicatriz gorda que aterrorizara a cualquiera. La valentía sólo le alcanzó para rajarse casi un centímetro. Pero le pareció suficiente, así que buscó el contacto que lo llevaría a trabajar con los “duros”.

En los primeros meses el trabajo fue como lo esperaba: refugiarse tras las llantas durante los tiroteos, amedrentar a comerciantes con cuchillos, escoltar la esposa del patrón durante las tardes de shopping, y escogerle el casting de putas siliconadas al jefe, esperando a que le soltara cualquier ‘gurre’ para no pasar la noche en blanco. Pinedo disfrutaba de su labor. Y aún no comprendía por qué les decían lavaperros, siendo un digno trabajo de matón. Gracias a él, su madre ya comía bien y tenía lavadora en casa.

Pero el trabajo feo vendría después. Y no se trataba de los métodos de tortura que le tocó aprender, y que le llevaron a destruir la moral que había aprendido desde niño. Métodos como reducir con cortaúñas el borde de las orejas a los informantes hasta hacerlos cantar, no le movían la sensibilidad a Pinedo. Más bien era experto en eso.

Suena ridículo que Pinedo no se retirara después de conocer tal barbarie, pero sus motivos fueron otros. Cuando el patrón notó la agilidad que Pinedo tenía con el cortaúñas, lo llamó para un trabajo de confianza, e hizo que lo siguiera hasta la alcoba principal de la mansión. Apenas entraron, el patrón cerró la puerta tras de sí y se sentó a la orilla de la cama King Size. El patrón, despacio, desenmarañó los pies de sus botas texanas, y le mostró las costras gruesas y amarillentas que tenía por uñas. Luego le arrojó algo a los pies y le dijo, intimidante: “A ver, papito, muestre qué tan berraco es usted con ese cortaúñas”.

“Era como pa echarle motosierra a esas pezuñas. Parecía el hombre árbol de Discovery,”. exclama Pinedo. “Ahí me quede siete horas.Sin contar ese olor a tomate recalentado de los pies”. Pero descubrir por qué se les dice lavaperros a estos honrados peones, fue lo que causó la irrevocable renuncia de Pinedo, el arrepentimiento por haberse cortado la cara y su posterior odio al trabajo con la mafia. La esposa del patrón resultó líder y prácticamente dueña de una fundación de protección animal. Y únicamente los hombres de confianza tenían permiso para lavar, peinar y cortar garras a los 352, 353, 354 perros recogidos de la calle.

Pinedo volvió a su casa. Ahora ayuda a lavar la ropa a su anciana madre. Y declaró su rencor visceral a Gustavo Bolívar y a todos los ficticios programas de mafia. Dice que él sí conoce ese mundo y sus sucios negocios. Que esos programas distan mucho de la transparente verdad.

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