Viaje por el “Templo del Terror”

Viaje por el “Templo del Terror”

“¿Qué tal el coliseo en Roma?” “¿Y las playas nudistas en Barcelona?” “¿Mucha rumba en Berlín y en Buenos Aires?” “¿Las cataratas en Iguazú deben ser una chimba o no?” “¿Si es verdad lo que dicen de siete mujeres por cada hombre en Praga?” “¿Y cómo sentiste el socialismo cubano?” “¿Budapest, mmm… ni idea, que tal eso por allá?” dsc01665“No te creo que exista un pueblo en Chile donde el 80% de la población fume yerba, ¿en serio?” Y así, muchos, intrigados, preguntan sobre cada ciudad en la que he estado.

Todos creen que andar con la mochila al hombro es algo fenomenal, y que todo es rumba, viejas, monumentos y fotos. Se equivocan, un mochilero de verdad está hecho de sacrificio, sacrificio que sólo se obtiene después dormir en la calle, aguantar hambre, frío y soledad, en ocasiones mucha soledad.

Nosotros, los llamados mochileros, también encontramos historias muy tristes e interesantes en medio de lugares que, cómo Auschwitz (lugar ubicado a dos horas desde Cracovia en Polonia. Fue el campo de concentración Nazi más grande), encierran un universo de dolor, vergüenza  y muerte. Un lugar que a pesar de haber sido nombrado como patrimonio de la humanidad por la UNESCO, tiene el recuerdo de la ‘des-humanidad’, de un infierno que sólo entendemos quienes lo hemos visitado.

A este sitio llegué después de un recorrido de cuatro días por Varsovia, capital Polaca; desde allí, tomé un tren hasta Cracovia, en donde me esperaban un par de desconocidos que, gracias a una extraordinaria red de mochileros a nivel mundial, me hospedaron amablemente por tres días en su pequeño apartamento estudiantil.  Ellos, Slowerik y Martha, son parte fundamental de esta historia,  pues además de su afecto durante mis días de largas caminatas en esta bella ciudad, vivieron un instante de mortificación que jamás olvidaré.

Recuerdo que un jueves, apresuradamente salimos con rumbo a la estación del tren.  El reloj marcaba las 8:00 a.m. y los tenues rayos de sol nos auguraban un precioso día de verano. Después de las prisas y las risas, abordamos el ferrocarril. Y como era normal, durante todo el recorrido conversamos en inglés ó mejor, lo intentamos, porque ni ellos sabían español ni yo sabía polaco. Y entre errores y horrores del idioma, comprendí que a este par de jóvenes nunca les había atraído la idea de visitar un campo de concentración Nazi.

Eran casi las 11:00 a.m. cuando llegamos a aquel impronunciable pueblo que nos comunicó con Auschwitz. Recibimos la charla informativa en la cual nos  recalcaron sobre el respeto que merece un espacio visitado por miles de personas, especialmente judíos, que sólo vienen con el propósito de hacer el duelo que nunca pudieron sentir por sus seres queridos, además de torturarse poco a poco al observar las formas de ejecución del ejército alemán. Cámaras de gas, alambradas eléctricas, sogas de ahorco y un muro de fusilamiento, con las marcas de las balas aún vivas, son algunos de los escenarios más impactantes para el ser humano.

Pasaron un par de horas, y después de caminar por este “Templo del Terror” en busca de fotografías que me permitieran mostrar todo lo que el hombre ha sido capaz, me dirigí en busca de mis nuevos amigos polacos. Y allá, en medio de otra multitud, los encontré. Slowerik estaba consolando a Martha, y ella, con lágrimas en sus ojos me dijo: “ese calvito de allá era el hermano de mi abuelo. Mi mamá algo me contó sobre su tío ‘el rebelde’, un joven escritor polaco que fue retenido por el Escuadrón de Defensa —SS por sus siglas en alemán— y nunca más apareció”.
Después de vivir y contar esta experiencia de viaje, muchos de mis amigos quedan fríos con la historia y ya sus preguntas suelen resumirse en “¿cómo te fue en el viaje?”…

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