¿Alguien quiere NO pensar en los niños?

¿Alguien quiere NO pensar en los niños?

Por Esteban G. Ardila
@esgutar

Helena Alegría, esposa de un reverendo estadounidense que gusta del chisme, una criticona constante, habladora a las espaldas y que, para rematar, no es tan sincera como para confesarle a su esposo su odio por los trenes a escala, pasó de ser un personaje más, a uno destacado, gracias a una simple pregunta: ¿Alguien quiere pensar en los niños?

No puedo quedarme sin responder la pregunta de doña Helena. Aquí en Colombia se piensa en los niños, a veces más de lo que se debería. Pero creo que eso no importará mucho.

No importa, por ejemplo, que la principal entidad estatal encargada del cuidado y bienestar de los niños abandonados o en difícil situación, haya sido creada para esconder de los ojos de Pablo VI a aquellos que vivían en las calles —según comentó alguna vez quien fuera mi profesor de Derecho de Familia— porque ¡qué vergüenza que su santidad se diera cuenta que no había una política pública seria para la niñez ¿no?!

No es trascendental tampoco, si dicha prioridad se le da para justificar un reality lastimero que, bajo el pretexto de hacer todo en aras de un “fin superior” y loable como lo es la educación de unos pequeños —que probablemente no tienen claridad acerca de lo que está ocurriendo allí— expone sus vidas y las de sus hogares ya disueltos al deleite de la morbosa mente colectiva del país, así como a los (pre)juicios morales de una sociedad que disfruta de ver defectos en el prójimo antes que mirarse al espejo y recordar la putridez propia.

Tampoco debe existir ningún inconveniente en que se piense en los niños, en las molestas épocas que nos toca ejercer el derecho y deber ciudadano de elegir. Digo, qué más da, las medidas y leyes en cabeza de “senadores de los niños” terminan, paradójicamente, perjudicando sus intereses y los de sus familias, si se está pensando en los niños. 

Respaldo lo dicho anteriormente con un ejemplo: en un seminario de derecho penal, varios jueces y funcionarios de la Fiscalía manifestaban con molestia que gracias a una reforma que impide *pre-acuerdos entre la Fiscalía y los (hasta ahí) presuntos responsables de delitos en contra de infantes y adolescentes, los criminales que terminaban tras las rejas, era mucho menor que la obtenida cuando los arreglos eran permitidos. Claro, con los pre-acuerdos, los criminales pasaban menos tiempo tras las rejas del deseado, pero se quedaban encerrados, pero en la actualidad, a veces salen absueltos por falta de pruebas contundentes.

Así pues, en contra de doña Helena, solicito que no piensen en los niños si no es con una seriedad y compromiso sincero, digno de ellos, sus problemas, sus sueños. Que se tengan en cuenta sus opiniones y las de sus familias así como las necesidades que tienen en un país como Colombia. Porque bien duro sí les toca.

* En lenguaje coloquial, un pre-acuerdo es un arreglo al que llegan la Fiscalía y el procesado para qué, a cambio de algún beneficio entre los que se incluye el rebajar la pena, éste admita su responsabilidad en la comisión de un delito, indemnice a la víctima o colabore con el ente investigador en la búsqueda de la verdad del proceso en el que está involucrado u otro con el que tenga relación o intervención.

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