Cadena de favores

Cadena de favores

Uno cree que las lecciones televisivas pueden ayudar al mundo. Ves una película como “Cadena de favores” y te inspiras en hacer del mundo, un lugar más agradable, te dices a ti mismo «¿Por qué no?, quizás lo que hace falta es gente con verdadero espíritu servicial, capaz de conmover el corazón humano», pero al parecer, es mejor dejarle esa poesía a Paulo Coelho. Al menos él si se las cree.

Después de un buen rato, meditándolo, me convencí de que podía ayudar a personas que realmente lo necesitaran, personas que encontrara en la calle, totalmente vencidas y que a su vez, ayudarían a otras personas.

Fue tan deprisa, tan espiritual, que en cuanto salí de mi cálida casa, encontré a una niña de cabellos risos, sobre un antejardín dos casas más allá. Lloraba, inconsolable, como una magdalena, como si hubiese muerto su perrito pincher aplastado por un monopatín. Convencido de que podía ayudarla, conmovido por un espíritu servicial y una película en Golden, me acerque a la joven derretida en llantos.

–¿Por qué lloras? –le pregunte para informarme.

Ella solo me miro sin decirme nada.

–Quizás yo pueda ayudarte –le dije conmovido por el llanto.

–Vete a la mierda –me soltó de pronto con sus ojos hinchados.

–Oye… pero tal vez yo tenga la solución a tus problemas –insistí.

–Mi problema es que sigues aquí parado, lárgate ya –me gritó con furia. A lo que hice caso inmediatamente, desdichado, y preocupado.

Me sentí frustrado, no logre ayudarla, no quiso mi ayuda, aunque lo peor que pudo haberle pasado, es que su relación en facebook pasara a ser “complicada”.

Más adelante, convencido aún, con los ánimos puestos, seguí caminando, y me tope con un indigente, buscando alimento entre la basura. Bueno, no era tan indigente, al menos ropa llevaba. Me acerque cauteloso, prevenido por si no quería mi ayuda.

–Oiga señor, tal vez yo pueda darle de comer –dije–, con una condición… Deberá ayudar a un tercero.

El indigente me miro expectante, no dijo nada tampoco.

–Si me espera aquí, puedo traerle algo de comida, para hoy y mañana –le repetí muy despacio y contento. Al fin, lograría ayudar a alguien.

Cuando le di la espalda seguro de mí mismo, sentí algo filudo tocándome la espalda. El indigente estaba detrás de mí sosteniendo un puñal.

–Yo prefiero que me pases el celular –dijo.

–Señor no tengo celular –dije asustado.

El indigente simplemente me regalo una enorme sonrisa… y más tarde, estaba caminando a casa, descalzo y sin el dinero que me había dado mi mamá para comprar la leche.

Lo más triste de todo, es que no pude ayudar a nadie más. Obviamente no podía continuar caminando sin zapatos.

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