Carros, motos y privilegios: reflexiones sobre el transporte

Carros, motos y privilegios: reflexiones sobre el transporte

trafico bogota

Por Emmanuel Ariza
@DivisionDeAriza

En Bogotá la movilidades un desastre para todo el mundo, y todo el mundo quiere que se mejore, pero el statu quo es intocable, las reglas de juego actuales son como vacas sagradas, y cada vez que alguien las intenta modificar, la gente pone el grito en el cielo. ¡Es que restringir el libre tránsito de los carros y motos particulares es una desfachatez, atenta contra la libre locomoción, los DDHH, el DIH, el VHS y el DVD!

Lo que no cuentan los medios es que muchas veces son los propios carros y motos particulares los que restringen la movilidad de los demás, pues una minoría que se moviliza en carro propio ocupa gran parte de la malla vial. Mientras tanto, los buses de Transmilenio quedan relegados en algunas vías principales a un ridículo y estrecho carril para transportar decenas, si no centenares de miles de personas al día.

Los carros además tienen el privilegio de culpar al otro. El cuento de “preferible perder un minuto que la vida” se vuelve una bonita amenaza para los peatones que generalmente tienen que cruzar muchas calles para llegar a sus destinos (muchas de ellas secundarias dentro de barrios residenciales, pero de las que se apropian los automotores a gran velocidad). Además, decir que cruzar por los puentes o los semáforos toma un minuto o menos, no tiene sentido cuando el más próximo está a más de tres cuadras. Con todo esto se torna peligroso para el peatón cruzar una calle porque los carros no bajan la velocidad, y se asume que tienen el derecho a no cederle el paso a nada que no sea otro carro.

Lo mismo sucede con la ciclorruta, que a pesar de ser una buena iniciativa que ha contribuido a mejorar la movilidad de los ciclistas tiene un defecto enorme: ocupa el espacio de los peatones. Para notarlo basta con ir a las de Lourdes o el centro: andar por algunas de ellas es imposible porque sencillamente no hay espacio, y los peatones lo padecen también, porque en su camino no solo hay vendedores, sino además bicicletas ocupando el espacio y entorpeciendo el paso. Entonces, cuando lo más lógico parece ser que el ciclista se baje del andén para andar por la calle, aparece el dedo acusador: “¿Cómo se les ocurre irse por la calle teniendo la ciclorruta ahí al lado? Si les pasa algo es por su culpa por irse por la de los carros”.

En Bogotá los carros y las motos están llenos de privilegios, y eso no sería problema si no fueran a costa de la movilidad de los peatones, usuarios de transporte público y ciclistas, si no fuera costumbre gritarle al peatón “¿Se quiere morir?” desde el carro, si los alcaldes y concejales de la ciudad se preocuparan tanto por la invasión del espacio público que producen los carros que parquean sobre andenes, bicicarriles y vías como la que causan los vendedores ambulantes emplazados en los andenes, cuando ambas son iguales de incómodas para el que va a pie, que se queda sin espacio para mover los pies.

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