#Columna: Distinto sitio, mismo lugar

Hace unos 200 años nos soltaron de las jaulas. Gritamos con sudor en el rostro, la mano en puño y los pulmones bien abiertos… éramos libres.

No lo éramos, no lo fuimos tras ese momento y tampoco lo somos ahora.

Hace unos 200 años Colombia ganó un poder que hoy en día parece no poder controlar: la independencia.

Ganarnos la libertad fue un aparente tiro fortuito al aire; siempre debemos recordar que nunca se cuenta la historia del perdedor, sino del ganador.

No fuimos todos y cada uno. Fue uno y otros cuantos. Los grandes héroes de la historia patria fueron también los sanguinarios escritores del pueblo que hoy pisamos.

Las murallas no se levantan en señal de respeto: se visten de una silueta amenazante y defensiva. Tras la línea de rocas apiladas vivía un mundo que el de afuera creía conocer.

Los hombres traídos desde tierras africanas lograron revolucionar la conquista de unos españoles tradicionalistas. Se quedaron con la tierra que vinieron a labrar, para labrarla solo para ellos mismos.

Nuestras mezclas nos volvieron uno, viniendo de muchos. De todas las sangres, al final solo derramaríamos colombiana.

Las razas tradicionales abrieron paso al hombre moderno. Se quisieron asegurar de no ser iguales a sus conquistadores, sin dejar de replicar la imagen de sus costumbres.

¿Cuál fue el sentido de sufrir la barbarie cuando los museos exhiben orgullosos lo que nuestros verdugos nos hicieron?

Ahora venimos al nuevo siglo.

Ahora queremos entender qué nos hizo colombianos.

Exhibimos orgullosos una falaz representación de nuestra historia en una pantalla con fines persuasivos. Esperamos que las horas dedicadas a ella nos enseñe lo que somos. [Aflojamos el gatillo].

Lo que somos no está más allá de nuestra historia actual. Porque los que fueron entonces, ya no lo son más. Ningún libertador sigue vivo y tampoco lo quisiéramos así.

Dejamos de creerle a nuestros héroes para rendir culto a nuestros ladrones. Aunque nuestros héroes también fueran ladrones. Solo somos el resultado ideológico del último jinete en pie.

Ahora no caen las aldeas y las artesanías, pues la fuerza violenta ya no ataca físicamente: las ideas resultan mucho más baratas y efectivas. [Soltamos las armas].

Las ideas, las mentiras nos devolvieron a la barbarie. Al pueblo abandonado. ¿Pero quién nos trae la desgracia ahora?

Es posible que seamos nosotros mismos los que cortemos nuestros tallos y no nos demos cuenta. Porque dentro del juego democrático que nos regalaron sin pedirlo, no nos avisaron de las consecuencias.

Hace falta mirar atrás y preguntarle a un esclavo cuántos grilletes piensa que nos sobran, para darnos cuenta de la frágil libertad que vivimos.

Cuando el pueblo se muere y no se quiere dar cuenta, el problema no es su gente sino sus ideas; y a veces las ideas no nacen de la misma cabeza que gobierna.

 

 

Columna: Otra vez, los dedos en la boca.

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