¿A cuenta de qué?

¿A cuenta de qué?

Me acosa el machismo y no me lo aguanto. DE-SES-PE-RAN-TE.  Desesperante el efecto producido por esa desgracia de pensamiento que hace décadas nuestra sociedad patriarcal ha sostenido. Me ataca con ironía, me tira lances desde pancartas de hombres “machísimos”, sin camisa, con yines de moda, y celebrando su hombría al lado de mujeres provocativas que les reiteran su victoria: haberlas ganado como trofeos.

¿A cuenta de qué cada oportunidad de conversación con una mujer debe terminar en la cama; yo, como todo un varón que levanté, ella como otra perra fácil? ¿A cuenta de qué actuar al contrario: sólo buscar amistad, conocimiento, comprensión, significa enseguida el estigma de pendejo? ¿Por qué a toda la que “me da papaya” tengo que hacerle la vuelta? ¿Por qué debo hacer de mi vida sexual algo público para mantener mi estatus de macho Alfa? Por ahí está el parche… acosándote para que acates lo que las sumas leyes de la hombría dicen que hay que hacer, aunque de pronto uno no está de acuerdo con ellas. Para uno mismo es suficiente saber, por ejemplo, que la belleza de esa niña que nos encanta no está sólo en sus senos o en sus nalgas; sino también (y a veces por mayor razón) en la forma en que nos hace reír, hablar, cuestionarnos y pensar.

No me aguanto el machismo por su forma de ver el mundo: una división rotunda entre hombres y mujeres, y reiterada con su lenguaje vulgar y corrosivo: “Hoy me la como”, “El hombre propone, la mujer dispone”, “Cuando el hombre habla, la mujer calla”, “Hágalo con verraquera como cuando orinaba parado”. No me lo aguanto de parte y parte. En su acción sobre los hombres que nos convierte a todos en unos morbosos y obsesivos buscadores de sexo; ni sobre las mujeres, que a pesar de su legítimo agravio sufrido históricamente, parece que a veces encuentran en el machismo el escudo perfecto para hacer y deshacer en sus relaciones afectivas: para colgarte el teléfono cuando les da la gana o para exigirte compromisos que no cumplen. Hastiado estoy de ese victimismo que en ocasiones tanto disfrutan y que el propio machismo les ha otorgado.

Y resulta angustiante que esta desgraciada ideología con que nacimos, que busca meterse a nuestras bocas a la menor oportunidad, nos niegue a los hombres el derecho a la expresión natural de nuestros sentimientos. ¿A cuenta de qué la ternura ya no nos pertenece sino para tramar a la niña de la noche? Como hombre también puedo y deseo ser tierno, porque se me da la gana ser tierno, fraterno, con mis hermanos, con mis amigos, mis parceros. Darles un abrazo puede expresar también lo que se lleva en el alma.

Este machismo de mierda nos ha censurado a los hombres el corazón y nos ha puesto en un rincón, en forma de tabú, todo gesto de poesía, cariño, duda, fragilidad y ternura. Andamos acosados por el fantasma de la “mariconería” que como dementes vemos en cualquier esquina; y nos ha tocado a todos, en algún momento de nuestra vida, andar siempre a la defensiva, intranquilos, sin poder ser hombres plenamente humanos. El machismo nos acosa… pero yo ya no me lo aguanto.

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