¿Navidad?¿Navidad?

¿Navidad?¿Navidad?

Y llegó diciembre, ¡qué emoción!.. o qué mentira. No lo digo por maldad, pero para nadie es un secreto que este mes se ha desvalorizado de una manera impresionante. La publicidad nos quiere vender una idea de paz, amor, tranquilidad y tiempo en familia cuando cada día los núcleos familiares están más disueltos y la unión es menos constante. Aun así, insistimos en la decoración del hogar, el arbolito y el pesebre, tal vez se deba a la nostalgia de las navidades pasadas, quizá un fantasma al mejor estilo de Lewis Carroll, llegue por las noches a atormentarnos si no vestimos la casa de rojo y verde y ordenamos cualquier objeto insulso del catálogo de temporada.

Podría decirse que son los niños y su ‘inocencia’ los que más disfrutan, pero eso último es lo que más se ha perdido, esas mini máquinas sobrecargadas de información ya no creen en cuentos de hadas, ni en el ratón Pérez, ni en papá Noel, y qué decir del niño Dios que va para el mismo lado; a cambio, piden cual consumidores desbocados toda clase de juguetes, convirtiendo la fecha en una excusa más del comercio.

Entonces… ¿qué significa la navidad? Para los jóvenes, implica vacaciones, feria y trago; para los más grandes, además de lo primero, un flagelo total a la billetera; para los locales, un aumento en las ventas y así sucesivamente todos se unen al círculo vicioso de la parafernalia que adorna nuestra adorada ‘navidad’.

Aunque, no todo es malo, la ciudad se ve más alegre este mes, luces, multitudes, diversión por todo lado, incluso las licoreras aumentan sus ventas y por ende hay más presupuesto para la educación (así es Colombia). Los locales se hacen lo de dos y hasta tres meses en temporada baja, debido a la inflación de los precios y en general se construye un esfuerzo idealista y nostálgico de lo que eran las novenas, la natilla y hasta la visita de ese familiar ausente.

Simplemente es un llamado a reflexionar, si queremos volver a retomar un significado más espiritual de esta fecha, no podemos seguir escudándonos en lo superficial y en un contexto donde no se ha terminado Halloween para que al siguiente día, casi mágicamente, el entorno deje de lado el naranja para vestirse con decorativos y santos que no tendrán un trasfondo ni una incidencia importante, muriendo banalmente a inicios del mes de Enero. Sólo es cuestión de aceptar que ya han habido cambios drásticos en nuestras tradiciones, y que en vez de hacer intentos desesperados por traerlas de vuelta, debemos forjar a partir del presente, encontrando nuevos significados y transformando viejos para así ofrecer formas de recuperar valores dejando de lado la competencia de la casa más brillante o la novena más bailable, ofreciendo así una celebración digna para los que vienen detrás, si es que este mes no se acaba el mundo.

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