¿Y la justicia divina qué?

¿Y la justicia divina qué?

Cansados de ser testigos mudos de los abusos de la clase política, un valiente grupo de ciudadanos avanza en la recolección de firmas para revocar el actual Congreso. Ojalá prospere su iniciativa para que a nuestros “padres de la patria” les quede claro que no pueden hacer lo que se les antoje ni anteponer sus intereses  personales a los de todos los colombianos. Lástima que no podamos recoger rúbricas para forzar la renuncia del más negligente de los gobernantes: Dios.

Es que sin duda a nuestro Padre Celestial le debemos reconocer la autoría de grandes obras: cientos de especies animales y vegetales, inmensos océanos, ciénagas, selvas, bosques. Pero la deidad borró con el codo lo que hizo con la mano al inventarse al ser humano.

En garrafal error incurrió el Todopoderoso al darle vida a un ser en el que se combina la capacidad de raciocinio con el instinto animal. El resultado es una creatura que se ha encargado de explotar para mal su inteligencia con el fin de satisfacer sus instintos primarios. Un creatura en cuya mente se pueden incubar los pensamientos más bajos y depravados. Pero más indignante aún es que Dios en su infinita soberbia haya permitido que durante siglos su creación estrella disecara las ciénagas, deforestara las selvas, convirtiera los ríos en cloacas  y dejara al borde de la extinción a las otras especies animales.

Como si fuera poco al hombre no le basta con destruir el mundo en el que vive sino que sin empacho pisotea a sus congéneres porque sólo le interesa su propio placer y bienestar. A diario oímos en los medios noticias  monstruosas que demuestran esa cruel verdad: en Medellín los líderes de los ‘Urabeños’ pagan millones de pesos por la virginidad de niñas de doce años; y en Bogotá una madre es acusada de vender a su propia hija de 14 años para satisfacer las aberraciones sexuales de prestantes hombres de negocios del norte de Bogotá, sólo por citar dos ejemplos.

¿Qué hace Dios para ponerle a coto a tanta maldad? ¿Qué hace ese ente celestial que está más allá del bien y del mal para defender a los niños abusados sexualmente, a las mujeres víctimas de trata de personas, a los campesinos a los que les roban sus tierras? ¿Y qué hace para castigar a los responsables de tantas tropelías? Nada. Aparentemente nuestro Creador es tan sádico que debe de disfrutar contemplado esa descomposición social mientras se masturba sobre la nube en la que descansa. En conclusión, la justicia divina resulta tan inútil como la humana.

Nuestro querido Jehová debería borrar de una vez por todas su peor ‘descache’: el hombre. Que entienda que su ‘producto’ estrella resultó con tantos defectos de fabricación que urge ser sacado del mercado.

Y que no salgan los cristianos con el manido cuento según el cual Él espera que sean los mismos hombres los que retornen por iniciativa propia al sendero del bien. Después de tantas centurias de depredación humana ese argumento suena a excusa barata.

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