Me obligaron a no creer en cuentos.

Me obligaron a no creer en cuentos.

Ojos azules, alto, buen cuerpo, sexy, tierno, romántico, detallista, que me haga reír, me consienta, este pendiente de lo que siento y pienso, que le caiga bien a mi familia y mis amigas. Sí suena lindo, ahora volvamos aunque sea por un momento a la ¡realidad! (por macabro o deprimente que suene)

Desde mí limitada experiencia sentimental pero mi amplio recorrido como paño de lágrimas, mi oído escucha problemas y a veces desde el papel de consejera; he aprendido en la piel de otras, que ese príncipe azul al parecer existe, sí,  solo en nuestros hermosos e infantiles cuentos de hadas.

Hemos crecido pensando que encontraremos ese ser perfecto, que no tendremos problemas y que las peleas son solo tema de otros. Pero la realidad es un poco diferente, llena de tropiezos, días malos y buenos, lágrimas y risas. Puntualmente en este caso llena de caras bonitas, cerebros potentes o corazones dulces, sí dije “o”  pues con todo el respeto de aquellos que se sientan aludidos, creo firmemente en lo que dicen por ahí –si es bonito es hueco y lo más seguro es que además sea perro-  partiendo de esa idea, mis cuentos de princesas empiezan a desmoronarse lentamente.

Y ¿qué tipo de príncipe azul sería hueco, perro o poco agraciado físicamente?- ese no fue el que me vendió Disney durante toda mi infancia, al menos- , así como los príncipes en nuestra generación nacieron defectuosos, la imagen de las princesas también opto por transformarse. Ahora las princesas, corren y empujan por subir al MIO y sentarse, las princesas se creen con el derecho de decir palabrotas cual plebeyo, juegan a la bruja destruyéndose entre ellas, se visten de forma inapropiada para presentarse en sociedad y ni que decir de sus modales que cada vez se parecen más a los de un ogro.

Mi esperanza al parecer por ahora se enfoca únicamente en que el hada madrina cruce mi ventana y con un polvillo mágico convierta mi edificio verde con rejas en un castillo blanco y reluciente. Mi armario se renovaría y llenaría de vestidos hechos a mi medida, uno para cada ocasión –las princesas siempre deben estar perfectas, bueno… en mis cuentos debían estarlo-.

En cuanto al príncipe azul… creo que me acostumbré y aprendí a querer esos sapitos verdes, aclaro ¡No acepto ogros, duendes u hombres pintados de azul con corazón de piedra! Pero así como yo no nací en Nunca Jamás o alguna tierra lejana y fantástica, ellos tienen derecho a no nacer perfectos, pero no nos digamos mentiras, a veces sus chistes malos, su afición al futbol o los juegos de video, sus rabietas sin razón y esa forma tan particular de mirarnos nos cautivan haciéndonos sentir las más hermosas y especiales princesas colombianas.

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