Celebrando al brujo mayor

Celebrando al brujo mayor

Según palabras textuales de la académica española Teresa Imízcoz, “a menudo las historias verdaderas resultan más exóticas que las inventadas”. Quiero empezar por este punto porque creo que en la obra de Gabriel García salcedoramosMárquez “la verdad” y “la mentira” tienen implicaciones complejas que no se pueden abordar con juicios simplistas. Se trata de conceptos que, en su caso, abarcan mucho más de lo que sugieren las apariencias y, por tanto, suelen ser engañosos. El García Márquez novelista parece reportero porque es verosímil y el García Márquez periodista parece fabulador porque es imaginativo en sus enfoques y tiene el olfato adiestrado para encontrar los ángulos más sorprendentes de la realidad. Dicho de otra manera, el escritor nos resulta creíble aunque haga levitar a sus personajes, aunque las balas de sus relatos puedan partir a un caballo por la cintura y aunque nos diga, con la mayor impunidad del mundo, que a las mujeres de un pueblo costero les basta con verle la cara a un náufrago para saber que se llama Esteban. El cronista, en cambio, nos cuenta historias ciertas que parecen irreales, como la vida del revolucionario argentino Patricio Kelly, que se escapó de la cárcel vestido de mujer y luego dormía en el cementerio, al lado de las tumbas, porque sabía que a ningún policía se le ocurriría buscarlo allí. O como el caso del ex combatiente de Corea que, asfixiado por las penurias económicas, no tuvo más opción que empeñar sus condecoraciones de guerra.

Los relatos literarios de García Márquez, aun los más ocurrentes y delirantes, se nos antojan verdades indiscutibles. Y su periodismo, aun el más urgente y realista, a veces nos parece ficción. He allí una primera señal de su maestría: en la literatura es verosímil para que el lector, aparte de disfrutar su relato, se lo crea. Y en el periodismo es creativo porque ambiciona añadirle a la responsabilidad de informar, la de generar placer estético. Sabe, además, que los datos básicos no cuentan toda la verdad: es necesario recrear la atmósfera, explorar la psiquis de los personajes, buscar el detalle asombroso. Ir, en suma, más allá de lo evidente. Muchos ortodoxos reducen las calamidades al número de víctimas y a la cuantificación de los daños materiales: García Márquez incluye también los presagios de la gente, sus corazonadas, la motivación de sus acciones, las rarezas del azar, la influencia del entorno, y suele ver los destinos en perspectiva, saltando hacia delante y hacia atrás, de modo que más que narrarnos un hecho, lo que hace es mostrarnos un universo amplio, donde cada ser es importante en sí mismo y a través de sus relaciones con los demás elementos.

Los reportajes de García Márquez son verdaderos no solamente porque nos entreguen los datos indispensables, sino, porque son una representación de la vida: abarcan una realidad más amplia. Desde ese punto de vista, García Márquez es lo que, según el periodista Julio Villanueva Chang, debe ser todo cronista que se respete: un traductor de significados profundos. Uno lo lee no sólo para informarse sino, además, para comprender.

No hay que esforzarse demasiado para descubrir que el periodismo fue el taller en el cual García Márquez pulió su prosa y empezó a decantar algunas de sus obsesiones temáticas, como, por ejemplo, lo real maravilloso, la soledad del poder, las nostalgias, las guerras civiles y los enigmas del destino. En sus novelas y crónicas, hay varias recurrencias comunes. El escritor, obviamente, le aportó mucho al cronista, tanto en su estética formal como en el hallazgo de los enfoques y las estructuras narrativas. Lo adiestró en el uso de la sentencia reveladora y contundente, de la hipérbole extraordinaria; le enseñó a dosificar las cargas dramáticas, para que las narraciones resultaran más eficaces, le ayudó a descubrir el valor de la atemporalidad y la universalidad, dos de las virtudes superiores de su obra. Le sirvió para aprender a magnificar lo simple y hacer cotidiano lo grandioso.

Por todo eso, sin duda es nuestro mago mayor. Muchos pueden contar bien una historia, pero sólo él ha sido capaz de crear un universo personal fácil de identificar desde la primera hasta la última línea.

Quiero despedir este breve tributo con una anécdota deliciosa típica del universo garciamarquiano. Un poco antes de morir, centenaria y achacada por el Mal de Alzheimer, doña Luisa Santiaga Márquez, su madre, tuvo una ocurrencia estupenda, que hizo pensar a sus contertulios que el fruto no cae lejos del árbol. Resulta que su hija Ligia invitó a algunos vecinos para reírse un poco de la desmemoria de doña Luisa.

— Mamá — le dijo —. ¡A que usted no sabe quién soy yo!
La respuesta de doña Luisa fue un ramalazo del mejor humor.
— Caramba, ¡no lo sabes tú y lo voy a saber yo!

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