And Injustice for All

And Injustice for All

Los seres humanos tienen una extraña tendencia a agredirse mutuamente, a irrespetarse a cada momento; a olvidar su condición de hermanos y buscar siempre figurar pasando por encima de todos los que le rodean. Para nadie es un secreto que ese afán individualista ha llevado a las sociedades actuales a los estados lamentables en los que se encuentran, poniendo muchos el sufrimiento, los muertos a veces y las lágrimas en los rostros heridos, indignados y dolidos.

Ellos sienten que sus causas personales son las correctas, ignorando de plano las situaciones que viven las comunidades en las que se mueven. Sienten que sus intereses priman sobre los de los demás; creen que sus acciones les harán triunfar aunque, para eso, deban arrastrar comunidades enteras al dolor, la polarización y el conflicto.

Eso se ve claramente en lo que ocurre en el Cauca, más específicamente en las áreas de los resguardos indígenas, donde el Estado no se aparece ni por accidente; donde la inversión social es nula, donde la presencia de la fuerza pública sólo es visible para defender los bienes de las empresas y no las vidas de los habitantes de los resguardos, sin hacer a un lado a “guerrilleros”; que por otro lado, es un nombre que les quedó grande hace muchos años cuando dieron el paso a los dineros del narcotráfico, y se dedicaron a reclutar gente a la fuerza en los campos y engañar en las ciudades y en el resto del mundo a personajes incautos que creyeron que la “lucha contra el Estado opresor”, era una causa justa en Colombia.

Soldados van, guerrilleros aparecen, balas van, balas vienen; los poderosos de ambos lados reídos en la comodidad de sus puestos, los rasos del conflicto, soldados, guerrilleros y población civil, muertos, convertidos en cifras frías de las estadísticas de la violencia del conflicto; conflicto que no se resuelve con balas, con retórica y con populismo, sino con educación, respeto y aceptación del otro. Los que lloran a sus muertos no tienen finalmente la culpa de lo ocurrido, los que ven sus hogares arrasados poco o nada tuvieron que ver con el suceso, los soldados y guerrilleros asesinados en combate los pusieron padres y madres trabajadoras, que esperaban dar a sus hijos un mejor mañana, pero que tuvieron que darles una triste sepultura el día de su muerte.

(Mientras tanto, las 20 toneladas de cocaína de la guerrilla represadas en el Cauca esperan poder ser evacuadas para captar sus ganancias, obtenidas con sudor ajeno, balas propias y sufrimiento inocente.)

Y el presidente Santos dice “no quiero ver ni un solo indígena en las bases militares”, demostrando un patente desconocimiento del país en el que vive y gobierna. Porque indígenas en este país, aunque a muchos les duela, somos todos. Aquí todos son hijos del mestizaje, todos llevan la etnia en el ser, y son indígenas, tan indígenas como se pueda ser al vivir en un país como Colombia. La negación a las comunidades indígenas durante todos estos siglos, sólo reafirma el patente abandono estatal que tiene el gobierno, que sólo piensa en llenarse de riquezas entregando concesiones a firmas extranjeras, en el negocio de la guerra y en lo que este representa.

Son criaturas extrañas los humanos. Pudiendo vivir en paz, viven en conflicto constante, sin obtener nada provechoso a cambio. Nada.

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