Apocalipsis

Apocalipsis

La muerte es el trauma y la obsesión más visceral en la zozobra histórica del hombre. No puede comprender cómo el silencio y el frío colapsan y fulminan un cuerpo y lo condenan

al misterio, a la quietud, a las miserias de la amnesia. Nunca la pudo enfrentar, siempre el verdugo de la hoz interrumpía los tiempos y raptaba los cuerpos del espacio ante el espasmo

y la incredulidad de los sobrevivientes. Por esta y por todas las razones posibles, por el miedo, la intriga y la fascinación, la muerte permea hasta la última extensión de la trivialidad, la

geografía, los discursos, el tiempo, todos los ciclos de la historia hasta el nivel mas elevado del delirio.

Registro no hay del momento preciso en que una sociedad, entre el ataque constante de la angustia, imaginó un final definitivo, una fecha apocalíptica en el tiempo donde todo acabaría

por fin y sin concesiones, la fecha que vendría a colapsar la tierra, el terror y el universo. Lo cierto y lo evidente es que las fechas se aplazaron siempre, entre plazos nuevos, desde la

noche ancestral de esa invención hasta el segundo que existe. 1666-1996-2000, solo son tres de los miles de finales aplazados por el morbo o el temor a la existencia continua.

Pero esta obsesión por el final hace parte del gusto secreto del hombre por el sensual absolutismo, y desconoce que el mundo se acabó también y para siempre entre las víctimas

del hambre de la peste en Europa, cuando las ratas fueron más y superiores a la humanidad. El mundo se acabó también y para siempre entre los humos de la era medieval, para las “brujas”, para los cientos de “herejes” que murieron en el fuego de los dogmas y siguieron muriendo hasta el cansancio; el mundo se acabó también en la mañana del 11 de septiembre en Nueva York, cuando el final llegó bajo el derrumbe del cemento destruido por el odio religioso y sus impactos, junto a los cuerpos de oriente, junto al metal de los aviones retorcidos.

El mundo se acabó se acabó también y para siempre en esta fecha oscura, 39 años atrás, cuando el ejército del genocida Pinochet hizo estallar Santiago por el trono que ocupaba

Allende, y arrasó con cinco mil chilenos confundidos en las bombas que caían desde el aire, desde la infamia que partía el pacto de la democracia. El mundo se acabó en Ruanda, cuando

murieron por todos por el odio racial, bajo los filos y el brillo de los mil machetes.

La fecha siguiente en la obsesión por el final es ese plazo profético de la cultura maya, diciembre de 2012. Y La historia seguirá avanzando con sus bombas y sus muertos, con sus

gritos y sus partos y su polvo, estafada otra vez por el misterio y el encanto que sugiere una total interrupción, la clausura total de los lenguajes, los siglos, las horas, y los ruidos.

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