DOS DE AZÚCAR POR FAVOR.

DOS DE AZÚCAR POR FAVOR.

Jonathan Rodriguez Troyano

Jonathan Rodriguez Troyano

En el país del sagrado corazón nos gustan las excentricidades, le pegamos al sancocho en pleno río con la gente nadando, vamos a rumbear con el peligro de caer en un caño, tomamos cerveza y luego salimos en plan Fast & Furious: esquivando la policía de carretera, nos agarramos cuando vamos al estadio… …entre otras cosas. Sin embargo,  lo que me sorprende es lo arraigado de algunos comportamientos como por ejemplo, pedir 2 cucharaditas de azúcar.

Yo no sé qué piensan cuando piden 2 cucharaditas de azúcar, eso ni le sabe dulce a uno, y al que no le gusta el azúcar le sabe muy dulce. Para lo único que sirven esas 2 cucharaditas es para antojarlo a uno: a mí me abre el apetito de manera voraz; no soporto quedarme con ese sabor entre amargo y dulce, (parafraseando al célebre senador, es como cuando uno “perfuma un bollo”); y los que viven en dieta les encanta decir que es para bajarle al azúcar, cuando las galletas que se comen tienen más azúcar y calorías, como diría Dr. Krápula: “estamos en el tiempo locura”.

Tenemos una lógica de lo absurdo tan interiorizada, que solo nos sorprenden las cosas magnificadas, que el senador X se pase a los policías es gravísimo, pero comerse el semáforo todos los días es lo más de normal; que el otro se gane X millones más es un abuso, pero vender algo más caro de lo que es se clasifica como malicia indígena; esa malicia que nos tiene podridos por dentro. Si los españoles fueran tan inteligentes, luego de robarles el oro a los indígenas serían la potencia europea por excelencia, pero que va, están en crisis desde siempre, y nosotros haciéndonos los gañanes les seguimos el ejemplo.

Volviendo al azúcar, hemos creado la cultura de que lo dulce es malo, sin embargo, consumimos a granel lo salado, -que finalmente es igual, sino peor-. Vivimos del morbo amargo: compramos todos los días las noticias del Q’Hubo por su amarillismo, pero a la Muy Interesante no  le gastamos ni la ojeadita, porque nos da una mamera leer,  algunos se toman muy en serio el dicho de que la pereza es la madre de todos los vicios y como madre hay que respetarla.

No es casual que por eso se premie simplemente la voluntad. Escuchando conversaciones, me he dado cuenta que en este país hace muchos años se prefiere a los “verracos” o “buenos trabajadores”, (que a la final simplemente son obreros), sobre los pensadores e intelectuales, que a la larga terminan siendo los profesionales; lo que justifica el pobre porcentaje de escolaridad completa y avanzada, e incluso, de los que terminan una carrera son también pocos los que sigue con educación continuada, como si nuestra vida no nos permitiera ir más allá.

Pero me estoy yendo por las ramas otra vez. Lo importante aquí es que a los que nos gustan lo dulce, somos casi discriminados. Una Oreo es pecado. El pan de 500 es el cielo. Quisiera saber cómo viven el mundo los salados, con su amargura y su simplicidad, si tan solo le diéramos placer al gusto, un poco de dulce en el paladar le da sabor a la vida, le da color, quizás así podríamos dejar de insultarnos en el trancón, y habría más ciclo rutas.

Por: Jonathan Rodríguez Troyano.

E-mail: jorotro3@gmail.com

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