Del Beneficio y la Ventaja

Del Beneficio y la Ventaja

Hablo de beneficios y no de ventajas porque un beneficio implica un proceso más curvilíneo. Es más cadera y cintura, que clavícula. Es mejor esa curva que la línea inclinada, o que el ángulo de unos cuarenta y cinco grados.

Escribir beneficio es como hablarle a doña Belarmina que si fuera Ventaja, sería Velarmina y dejaría de existir.

Doña Belarmina tiene unos senos prominentes y un culo o derrier que llamó la atención, allá en los años veintidós de un tal Don Pedro. Doña Belarmina no tenía pretensión alguna de enamorarse y cederle sus derechos de propiedad a ningún hombre que quisiera tomar Ventaja de ella. Sin embargo, encontró el Beneficio curvilíneo de la duda y prosiguió a besarlo.

El Beneficio de darle vida a doña Belarmina, es que ella hace que su doña se pueda escribir con mayúscula, como se escribiría el Don de Don Pedro. Ella hace que la curva, (sutil curva) de una D, sea casi fundamental a la hora de hablar de ella y su derrier.

El Beneficio de darle vida a doña Belarmina, implica no tener que incluir la punta de un lapicero (y no de un esfero) para tener que escribir Ventaja.

Viéndolo bien, Don Pedro quería tanto a doña Belarmina que una vez quiso declararle su amor en la plaza mayor de un aVentajado pueblo del Quindío.

Doña Belarmina, sin ser ella y a la vez estando a gusto de serlo, aceptó el Beneficio de entrar en santo matrimonio a la propiedad de Don Pedro. 

Se dice, porque un buen lapicero no sabe las verdades pero las sabe contar, que doña Belarmina tuvo tres hijos: Víctor, Verónica y Belisario.

Se dice que Don Pedro disfrutaba más de la presencia de Belisario.

Se dice, porque un lapicero común sólo sabe decir, que Belarmina redujo sus caderas cuando comenzó a comer mucha berenjena, por aquello de que su piel era un tanto oscura y tenía alguna nostalgia de ver a su madre en las berenjenas. (Un buen lapicero no acusaría de nada a ninguna mujer que quiera comerse a su madre; sólo lo narraría)

Un buen lapicero te da el Beneficio de hablar de doña Belarmina, en una muy sencilla pero entregada tercera persona. Un lapicero sólo te entrega un muy desagradable ángulo de cuarenta y cinco grados para explicarte siempre un número tres de ventajas del por qué esto sí y esto no.

Los beneficios de tener un buen lapicero radican en que no tienes que mencionarlos porque tu mano se desliza cuando hay que escribirlos. Se desliza para hablar de doña Belarmina y de Don Pedro. Y que, en ausencia de este buen lapicero, tan sólo se llamarían, un simple Carlos, enamorada de una tal Andrea.

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