El club de los suicidas

El club de los suicidas

En 1878, Robert Louis Stevenson publicó por primera vez su trilogía de excelentes historias del Club de los Suicidas. Para no revelar mucho me limitaré a decir que, como su nombre lo indica, son historias acerca de un club conformado por gente que se quiere morir.

En 1977, en San Francisco, una sociedad secreta se inspiró en las historias de Stevenson para autodenominarse “El club de los suicidas”. A pesar de lo sugestivo de su nombre, los que formaron parte de esta sociedad no tenían la menor intención de acabar con su vida, el nombre no era más que una broma práctica para que cualquiera que lo escuchara se sintiera aterrorizado.

El propósito original de la sociedad era incursionar en la exploración urbana, pero finalmente terminaron haciendo espacio para diversas actividades, y dando nacimiento a otros grupos afines.

Se infiltraron en el partido Nazi Americano y la Iglesia de la unificación con fines cómicos, llevaron a cabo juegos elaborados en lugares inusuales -como cementerios y el distrito financiero a la medianoche-, y escalaron puentes como el Golden Gate. A partir de una de sus bromas nació el Frente de Liberación de Carteles, un grupo dedicado a alterar las vallas de la ciudad, a menudo con mensajes anti-corporativos (Un ejemplo que ha circulado por internet es el cartel de la cruz roja que dice “Estamos aquí para ayudar” al cual ellos añadieron “Porque el gobierno no está haciendo nada”). Ex-miembros fundaron más adelante la Sociedad de la Cacofonía. En cierto modo se podría decir que el Club de los Suicidas ha tenido un impacto tan grande que el festival Burning Man se fundó gracias a los ideales del creador de la sociedad, Gary Warne.

Charlie Todd, de Improv Everywhere, dio una charla de TED acerca de cómo la experiencia compartida de lo absurdo genera risa o alivio para los que la observan, y diversión para los que la generan. Él propone el ejemplo sobre una vez en que varios miembros de grupo se pusieron de acuerdo para subirse en diferentes estaciones del subterráneo sin pantalones, sin dar indicio alguno de conocerse. Una joven que estaba sentada se sintió extrañada al principio, pero tan pronto vio que los dos pasajeros de enfrente se estaban riendo a carcajadas, se comenzó a reír igualmente.

Es fascinante conocer la popularidad de este tipo de grupos, y sus efectos en la sociedad organizada, principalmente la posibilidad de perder los paradigmas mentales por un momento y volver a ser niños. En lo personal, he intentado un par de veces crear situaciones de tal calibre, y debo decir que es absolutamente maravilloso. Una de esas veces, varios compañeros varones del colegio decidimos irnos en falda un día que estaba permitido presentarse con ropa casual. En parte fue porque queríamos afirmar que las faldas eran muy cómodas y que no había un argumento razonable para que fueran solamente para el sexo femenino -pero eso ya es para otra columna, lo escoceses la tienen clara- y principalmente para crear hilaridad durante el día. Sobra decir que el segundo punto fue logrado más allá de cualquier expectativa.

Así que, el día que alguien quiera empezar un Club de los Suicidas o una Sociedad de la Cacofonía en Cali, que no duden en llamarme, pues estaré impaciente, listo para unirme a sus filas.

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