El escritor, una pelea con el ego

El escritor, una pelea con el ego

El escritor y su ego, ese debe ser el orden y no al revés –el ego y el escritor-. Un escritor debe tener autoestima, carácter e impulso para la labor. El ego es indispensable pero puede convertirse en un lastre para el desarrollo cuando termina dominando al autor.

Es necesario reconocerse y quererse uno mismo. Esto, en gran medida, lo determina el afecto y la aprobación de los demás. No solo como escritor sino como ser humano.  En la escritura, el lector es quien confirma la calidad de un texto. Es mentira cuando un escritor dice que no escribe para ser leído. Salvo en el caso de diarios personales, los textos tienen la finalidad de comunicación, donde hay un emisor y un receptor. El receptor debe recibir el mensaje, entre más claro, contundente y literario, mejor.

El oficio de las letras implica exponerse a los demás. Las hojas impresas son una tarima frente al público, donde hay aplausos o chiflidos. Pero más allá del aplauso –cepillo al ego-, un autor busca que sus textos queden para la posteridad, que se conviertan en un lugar al que todos quisieran volver. En esencia, lo importante es el texto. La prueba es tan elemental que una buena obra  anónima sobrevive; en cambio, un autor (nombre y apellido) sin obra no existe.

Sea labor periodística o literaria, hay que tener temple para exponerse al público, para soportar la crítica, para ver a los lectores destrozar una obra, para quedar de últimos en concursos, para encontrar que la única impresión que se hará será la que se haga en la impresora propia porque ningún medio de comunicación o editorial la publicará. Es imposible sobreponerse a estos tropiezos si se carece de ego.

Lo que no se puede es caer en el egocentrismo, ese estado en el cual perdemos la capacidad de ponernos en los pantalones del otro; en el que todo el mundo gira alrededor del yo. No se puede uno enamorar de un texto propio cuando la crítica dice que es malo o que no es suficientemente bueno, o que hay mejores. Un ego desproporcionado acusara de incapaces a los lectores, negándose la posibilidad de mejorar.

Caer en el egocentrismo es escudarse en la falta de criterio del lector y sobre valorar el criterio propio a como de lugar,  culpar a una mayoría antes que a uno mismo; una óptica no muy lejana de aquella del esquizofrénico.

Viene bien enajenarse un poco del texto, tanto en la virtud como en el defecto, valorarlo como creación pero no casarse con el mismo. Al fin y al cabo en el mejor de los casos, el que perdurará  será el texto.

Un escritor debe escribir para la posteridad, pero estar preparado para el olvido; ser capaz de soportar la crítica y no olvidar que la esencia del oficio es escribir. Al final, es el texto lo que importa.

“Un día apareces en la página de un suplemento y al día siguiente, con esa hoja la gente envuelve los huevos.”

Pedro Mairal

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