El último nazi

El último nazi

Con la captura de Laszlo Csatary en la serenidad de Hungría, termina, tal vez, la historia jurídica del hecho más oscuro del último siglo. La hecatombe total, el desastre más profundo de los tiempos. Ese estallido de demencia que extinguió los límites del morbo y la sevicia, esa política mesiánica de la persecución a un enemigo imaginario, pero real; el judaísmo, el culto nómada y disperso entre los polos geográficos del mundo, aunque Israel sea la sede oficial y siga resistiendo esa oficialidad con palestina.

Sólo en los cortos seis años de la guerra, la humanidad atestiguó el gigante sistema de exterminio del tercer Reich. Los trenes llegaban saturados de cuerpos a Auschwitz a Belzec desde las tierras invadidas por Hitler y sus tropas de fiebre y de fervor patrocinadas por los grandes magnates del momento, Sr Henry Ford, y diseñados en estética textil por Hugo Boss, el jerarca de la moda. Era un imperio económico de monstruos, caudillos y celebridades. Un poderío militar y científico que invisibilizó los límites y transgredió todos los bordes tras la idea mágica del hombre Ario, y fomento el terror en las fronteras de la tierra que empezaban a caer bajo las bombas y la furia de un delirio. Seis millones de judíos muertos en las cámaras de gas o entre lo hornos crematorios, cincuenta millones de muertos fue la cifra de la guerra general. Era una empresa del terror que recordaba al despotismo ilustrado del incorruptible Robespierre, pero al nivel de la ficción.

Después del cerco de los rusos, del suicidio de Hitler y la rendición, la cacería de las brujas intentaba hacer justicia con los grandes pioneros del nazismo. Los Juicios de Núremberg llevaron a la horca a los fanáticos, aunque algunos, como Goring, “el mariscal”, acudieran al cianuro antes del show ignominioso de la muerte. Desde entonces, con Israel al mando y su Mossad, la intención de perseguir a los cerebros fugitivos elevó su fuerza y su obsesión. Algunos mandos medios cayeron en redadas silenciosas.

Y ahora, sesenta y seis años después del polvo de Berlín, a sus 96 años, es capturado el demencial ex policía Csatary; famoso por su acción de deportar a mil quinientos judíos a los campos de exterminio y por su ardiente obsesión por la tortura. Las conclusiones del proceso aún se desconocen, y cuando salgan a la luz serán ridículas, será la muerte impuesta en el límite de su avanzada ancianidad (un descanso), o una condena irrisoria, porque su cuerpo, previo al sufrimiento del encierro, expirará con la arrogancia intacta del antisemitismo.

Es posible que en la muerte de Csatary muera también todo el estrago del resentimiento. Y el Último vestigio carnal del holocausto.

Comments

comments