El voto en contra de la guerra

El voto en contra de la guerra

El abstencionismo en Colombia en las elecciones presidenciales es del 61 % y eso a nadie le sorprende, es consecuente que en un país carcomido por la corrupción y la politiquería la democracia se vuelva un tema de  unos, que quieren seguir haciendo de las suyas, y otros, que aspiran a un cambio.  La pereza intelectual aflora al punto que la opinión pública le da igual si a dos días de elegir jefe de Estado (casi nada) se ejecutan los debates, prueba de ello es que los dos candidatos que fueron objeto de escándalos seguían repuntando en las encuestas muy a su pesar. Más aún: los dos son quienes disputarán la segunda vuelta presidencial, me arriesgo a decir que bajo una única disyuntiva: acabar o continuar con el proceso de paz.

En efecto, mientras Santos hablaba de paz y Zuluaga de impunidad, los programas para mejorar pilares como la educación, la salud, el desempleo, medio ambiente y la seguridad, quedaron bajo el manto de la dilatada polarización. Los medios tradicionales de televisión quisieron redimir el error a menos de tres días, ya para qué: como escribí en otra columna, leyendo las propuestas y los programas de los aspirantes la única que

intentaba hacer verdaderas modificaciones al statu quo era Clara López, pero era obvio que con la maquinaria política no se podía. Además, tener como rival a una sociedad vacua, displicente, escéptica y otra subyugada
por los artilugios de Álvaro Uribe Vélez, es más difícil que la misma maquinaria. Nada más peligroso que la obstinación, por eso ellos sabían que podían hablar de montajes y la cosa iba a funcionar.

Pues bien, funcionó. Y ahora Óscar Iván habla en los medios como si fuera  presidente, Semana le dedica una portada con un titular muy sugestivo: “La hora del triunfo”. ¿Cuál triunfo? Si lo menos que necesita este país, aunque no lo quiera o aunque no se dé cuenta, es que un subordinado llegue a la presidencia. Óscar Iván es pigmeo al lado de Uribe y él y su rebaño lo saben, de ahí que emule todo ardid uribista como ese del cinismo en el discurso.

A propósito de esto, dijo un día posterior a su “triunfo” para cm& que:

el 7 de agosto decreto una suspensión provisional de los diálogos en La Habana, y le digo a las Farc: si quieren un paz negociada tiene que haber una suspensión de toda acción criminal contra los colombianos bien”.

La prudencia de la tercera persona, como se puede ver, quedó al soslaye, pero además no repara pudor, miremos:

Un cabecilla de las Farc que ha cometido crímenes atroces y delitos de lesa humanidad debería pagar 50 años de cárcel, en aras de la paz estoy de acuerdo que se le haga una reducción de penas, 6 años, pero que paguen cárcel”.

No creo que sea cuestión de mala memoria, como dice al respecto la respetada Cecilia Orozco Tascón en su columna en El Espectador. Más bien es  como una burla a la escaza evocación de una sociedad que olvida o se hace la olvidada, frente a sus discursos “humanistas” y claro la permisividad de ciertos periodistas que no osan en preguntar por qué la radicalidad con los farianos y en contra parte la prudencia con los perpetradores de crímenes igual o peor de atroces que gracias a la Ley de Justicia y Paz (gestada por Uribe Vélez)  saldrán en pocos meses libres, luego de acogerse a la pena de máximo ocho años establecida por dicha ley, aun cuando muchos de ellos se les responsabiliza de 100, 200 víctimas,  además de delitos relacionados en desaparición forzosa, desplazamiento,  violencia sexual, reclutamiento de niños, entre otros. (Dejo aquí un link de Semana que constata lo escrito: http://www.semana.com/nacion/articulo/paramilitares-que-saldran-cobijados-por-la-ley-de-justicia-paz/371920-3).

Por qué  Zuluaga  habla de 50 años para los farianos, a sabiendas de que la máxima pena para los paramilitares era de ocho y eso que por no hablar de los extraditados, que purgan penas por narcotráfico y no por el derramamiento de sangre causado en estas tierras, ¿dónde está la congruencia y la ética? ¿Dónde está el procurador Ordóñez?

Esa visceralidad de su caudillo no es conveniente para un país que en interés de su bienestar necesita reconciliarse. Óscar Iván arguye querer la paz, pero bajo unas reglas que no son más que un sometimiento a una guerrilla que luego de 50 años de lucha es evidente que no lo va a hacer.

Parece insensato decir que la gente apoya la guerra pero en Macondo todo es posible. No obstante, esa ausencia de apoyo puede radicar en que la pedagogía para la paz ha sido exigua, las bondades de una posible cesación del conflicto armado por la vía pacífica no hacen parte de las agendas noticiosas. El periodismo, en ese sentido, debe comprometerse a crear espacios a través de los cuales se establezcan las ventajas de finiquitar la guerra con la guerrilla más longeva del mundo.

En últimas, la paz sí necesitaba convertirse una política de Estado, pero ya es tarde para llorar… el 15 de junio el voto, entonces, será en contra de la dilación de la guerra.

@VillanoJair

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