Ese Profesor De Sociales

Ese Profesor De Sociales

Probablemente muchos hemos vivido la experiencia. De golpe entra ese profesor (en mi caso de ciencias sociales de Octavo), agarra todas nuestras ideas pendejas, y en cómodas clases de 2 horas las revuelca por completo. Recuerdo que en aquellos momentos sólo existía su imagen brillando de sabiduría y su elocuencia envolviéndonos como una seda. Sin darse cuenta a uno la vida ya le había dado un vuelco; ya nada era como antes, todo tenía un sentido, ¡había que hacer algo por el país! Y enseguida uno, aún embelesado, se le acercaba con la pregunta campeona: “¿profe, y usted por qué no fue presidente…?”. Hoy en día creo entender la decisión de mi maestro por una profesión pedagógica frente a un cargo alto en el Ejecutivo. Él sabía muy bien que su labor, aún si normalmente no lo creemos, tiene un gran valor político.

La clave, creo yo, es dejar de pensar que la política es sólo asunto de senadores, partidos o votaciones. Muchas veces caemos en tal reduccionismo, pero ésta es una actividad cotidiana y contextual; va de la mano con las prácticas de convivencia y de decisión personal o grupal.

No tenemos que pertenecer al Partido Morado o ir a una urna para obrar políticamente. Desde esta mirada no pierde su valor el trabajo de una junta de acción comunal, de una asociación estudiantil o el consenso realizado en una clase para pedir silencio. El punto es reconocerse partícipe de una sociedad civil y construir tejido social, y por eso no es obligatorio volverse Presidente de la República para ser sujetos políticos. De hecho los maestros (los buenos) lo son cuando forjan en sus estudiantes un espíritu reflexivo y un determinado carácter ético.

Mi profe de ciencias sociales, como tantos otros, contribuyó ―y contribuye― en la formación de lo que yo llamo un gusto moral. Así como desarrollamos con el tiempo una preferencia por las pelirrojas o pelinegras, los altos o flacos, la comida con sal o los jugos sin azúcar; en ética las cosas no son tan diferentes. Tanto nuestra familia, nuestros amigos y la escuela nos han ido moldeando para que consideremos repulsivo ―y no podamos realizarlas― acciones como maltratar a nuestros padres, robarle a un inválido, asesinar o violar. Claro, en Colombia parecería que a muchos todo les sabe igual y que son capaces  de todo…

Esos profes, que no fueron alcaldes ni gobernadores ni jefes de Estado, forman el criterio y los hábitos de uno, actual o futuro ciudadano. Ellos son quienes nos hacen entender lo razonable o irrazonable de las leyes que rigen nuestra sociedad; y nos invitan a actuar según ellas de manera consciente. Ellos nos hacen comprender por qué no hay que conducir ebrio, ni sacar contraseñas falsas, ni evadir impuestos, ni hacer carruseles de contrataciones con el dinero público para ganarse licitaciones ultramillonarias (y al que le caiga el guante, que se lo Nule…).

Esos pedagogos sabían perfectamente que no tenían que llegar a la cima del Gobierno para construir sociedad. Que desde sus humildes escritorios fijaban principios de vida en quienes, quizás con cierta suerte o esfuerzo, alcanzarían puestos de igual o mayor trascendencia en la vida del país. Ese profe de sociales sabía, en últimas, y ahora lo entiendo y hago honor a su empeño, que no se puede esperar una excelente sociedad formada de pésimos ciudadanos.

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