Hipocritópolis

Hipocritópolis

“Mírame a los ojos y dime la verdad”. Todos hemos dicho o escuchado esta frase en algún momento de nuestra vida, esperando sacar la sinceridad que hay en otra persona, pero la realidad es que decir las cosas en la cara es mucho más difícil de lo que parece.

A nadie le gusta la hipocresía, pero todos la practicamos. El que me diga que no, es un hipócrita. No importa si uno es hombre o mujer, si uno quiere decirle al jefe que si cree que uno no está haciendo las cosas bien que las haga él, o si uno quiere decirle a la “amiga” que el vestido que se puso le resalta el racimo de bananos que le cuelga a la mitad del cuerpo pero se lo calla para no hacerla sentir mal, o peor aun, hace el comentario con otra fulana; no importa el contexto en el que uno interactúe con otro ser humano, ser sincero es algo que la sociedad no ha aprendido.

Por eso no es muy sorprendente que tantos practiquemos la hipocresía libre, la que permite que una figura pública, tanto en Colombia como en el extranjero, salga bien librada después de cometer una fechoría que le daría un castigo ejemplar a un ciudadano de ruana y sombrero.

No tengo que traer a colación muchos casos que expliquen mejor mi punto, solo tengo que mencionar el famoso caso Oj Simpson, donde la justicia no solo fue ciega sino farisea; o el caso criollo y reciente del “bolillo” para que todo el mundo piense “uy sí, qué permisivos e hipócritas somos”. Hipócritas porque sacamos campañas a favor del respeto, luchando por los derechos de la mujer y la igualdad, pero le creemos, entendemos y hasta defendemos a un hombre que debería ser todo un ejemplo para la sociedad, y el tipo hasta tiene el descaro de quejarse porque lo están tratando peor que a un terrorista. Señor, ¿quería que le aplaudiéramos por pegarle a una mujer con la que andaba de rumba que ni siquiera era su esposa y que lo disculpáramos porque usted no sabe tomar? ¡Tan dobles no podemos ser!

Es obvio por qué la sociedad tiene tal grado de doble moral. No recuerdo un caso en el que a un niño que haga “quedar mal” a la mamá no lo regañen o peor, lo pellizquen. El niño, con toda su inocencia a flor de piel, siempre va diciendo las cosas como le parecen, sin ningún tapujo, sin pensar en el qué dirán, pero no falta el adulto que lo calla con un “Shh, esas cosas no se dicen”. Ahí está pintado el humano corrompiendo todo lo que es puro y sincero.

De los políticos no quiero ni hablar porque se me iría otra columna en eso, y lo que quiero en este breve, pero rico espacio, es dejar en el aire un llamado a la verdad, a poder ver a los ojos a alguien y ser capaz de decirle: “Gracias por lo que significas para mi” o tal vez por qué no un “jefe, deje de compararme con fulanito que a él le pagan por lambonearle, pero a mí me toca hacerlo gratis”.

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