Alma de niño…

Alma de niño…

Odio los niños. Y como el odio es siempre un sentimiento recíproco, ellos me odian a mí.

Saben que sé… ¡Coscofias!

En cuanto me ven se fruncen. Si es un bebé, chilla; los mayorcitos me miran con recelo, luego me examinan de arriba abajo, me enrostran algún defecto físico, huyen y preparan un ‘accidente’. Hace poco uno de ellos me estrelló una llave de peston contra el pómulo. Fue sin culpa, claro. Yo le devolví la atención en cuanto pude, pero no entraré en detalles aquí. Tengo amigos con hijos pequeños y quiero conservar su amistad.

No entiendo cómo pueden los adultos considerarlos el símbolo de la ternura, la belleza, la inocencia, la esperanza, la pureza, etc. O sí entiendo. Así como los niños juegan con cosas horribles (dinosaurios, babosas, secreciones, los simpsons, pistolas, ‘cuentos de hadas’ y películas de horror), los adultos juegan con esos monstruos domésticos, los niños.

Mal que bien uno soporta que brinquen, astillen, salten, babeen, vomiten, orinen y defequen en cualquier parte, pero ¿quién les aguanta esa manía de acaparar a las mujeres? Sólo nos las prestan luego de dejarlas exhaustas, convertidas ya en un manojo de nervios, es decir, inservibles.

Como si fuera poco, hay que soportar también a los padres, unos niños viejos empeñados en que el mundo sepa que la criatura ya dice “puta” y recita de memoria las capitales de los departamentos.

Cantautor que se respete berrea alguna vez: alma de niñooooo… ¡Patrañas! El alma de un niño es una guarida de egoísmos, una cacharrería de antojos, un desván de miedos, una fábrica de vicios y mezquindad.

Cuando veo venir una mujer embarazada me cambio de acera. Sé que lleva en sus entrañas un alien voraz, un vampiro que le chupa la sangre y el calcio, la morbosea luego, en la fase oral, como lo demostró el profesor Freud, y finalmente escupe la cáscara y se larga.

La crueldad es un invento infantil. Sólo un niño goza desmembrando un chapul, encerrando un alacrán en un círculo de fuego, burlándose de un compañerito “especial” o apedreando un anciano indigente. Por eso dice el adagio: “El hombre nace malo y la sociedad lo pudre”.

Usted dirá que me equivoco, que los niños son el futuro de la especie. ¡No lo dudo! Ellos serán mañana los nuevos jojoyes, pinochets, bushes, osamas, fernandos londoño… No todos serán así, claro. Hablo sólo de los mejores, de los sobresalientes.

En síntesis, un niño es una cosa repulsiva, un manantial de babas, una fuente de ruidos, una criatura morbosa que siempre está empegotada con sustancias viscosas –internas unas y externas las otras.

Aunque no son conscientes de ello, los adultos aborrecen a los niños. Por eso es que los mandan a trabajar en las ladrilleras, a jugar con candela en los semáforos o a pagar cadena perpetua en la escuela. Si sobreviven, los incitan a la práctica de un deporte extremo o los obligan estudiar piano, como hacen algunos padres sutiles.

Muchas veces me he preguntado para qué sirven los niños; por qué no nacemos adolescentes ya, caminando y casi autosuficientes como todos los mamíferos. Creo haber dado con la respuesta: los niños están aquí para que los adultos purguemos la infamia de haber sido niños una vez.

Comments

comments