Dos hijueputas notables

Dos hijueputas notables

Fotografía: Jose Giraldo

El hecho sucedió en un campo de concentración con problemas de hacinamiento a finales de la Segunda Guerra Mundial: había 12 mil prisione¬ros en un área calculada para 5 mil. El jefe del campo, un pragmático capitán nazi, encontró una solución sencilla: eliminar la mitad. De todas formas, se diría, van a morir. Hasta es posible que haya actuado movido por sentimientos humanita¬rios. Se hizo desfilar a los prisioneros ante el capitán, que los iba tocando en el hombro con su bastón: uno sí otro no. Allí la fila se bifurcaba, y los señalados abordaban un tren sin tiquete de regreso. El turno le corresponde ahora a una mujer polaca, prematura¬mente envejecida, y sus dos hijos, un niño de 5 años y una niña de 7. El capitán detiene la fila.

“Escoge uno” le dice el capitán a la mujer. Ella no entiende. “Vamos a enviar la mitad de los prisioneros a Ghastz. Sólo puedes quedarte con uno. Elígelo”.

El odio, el dolor y el pánico dilatan los ojos de la polaca. “¡No!”, grita arropando a sus hijos con los brazos como una gallina vieja pero resuelta. “Entonces tendremos que matarlos a ambos”—dice el capitán abando¬nando de pronto su discreción—. “Elige: uno o ninguno”.
¿Por qué no lo elegía él mismo? ¿Por qué no dejaba tranquila a la mujer y a sus hijos, y tocaba suavemente con su bastón los hombros de los dos prisioneros siguientes? Elemental, Claverto: porque era un nazi, no un hermano dominico, y un nazi era un hombre que podía escuchar a Wagner mientras discutía eficaces y sofisticadas técnicas de exterminio, diseñar la sobria y monumental arquitectura del Tercer Reich, dar a la cruz gamada un giro preciso y ponerla en el centro de una hermosa bandera, hacer una religión de una ideología y de la publicidad su eucaristía, llamarse Planck o Goebels, leer el Fausto y estudiar a Nietzsche, arrullar a sus hijos con los cuentos de Grimm o de Hoffmann, despreciar a los judíos y temer a Dios, pensarse miembro de la raza más alta y soñar con el dominio del planeta. Sólo un trágico nazi podía mirar fijamente a la mujer y decirle: “Elige. Uno o ninguno”.
La mujer salvó al niño y se cortó las venas esa misma noche en su cubículo horizontal de las barracas del campo sin emitir un gemido.

* * *

Wilhelm Reich fue, junto con Carl Jung, uno de los discípulos más inteligentes de Freud, y un tierno defensor de los derechos sexuales de la juventud: propuso que hubiera moteles gratuitos para los jóvenes en 1950. ¡Cuánta violencia,  evitaríamos aquí adoptando esa medida!
Cuando Wilhelm tenía 17 años, su padre le puso un tutor. El elegido fue un joven erudito que pronto se ganó el afecto de todos en la casa. Él se fue metiendo lenta y victoriosamente en el corazón de la madre de Wilhelm, quien era, dicen, una mujer de notable belleza. Aprovechando uno de los frecuentes viajes del esposo, el tutor improvisó una velada. Hubo vino, música y risas, y esa noche la virtuosa señora dejó de serlo, vencida por las artes galantes del tutor.

Wilhelm, que espiaba la escena, comprendió qué sentido tenía la inquietante perturbación que le producía la belleza de su madre, y estallaron en su corazón, al tiempo, los celos y el deseo.

Días más tarde, mientras ella le acomodaba el corbatín, Wilhelm trató de besarla. La señora lo rechazó horrorizada. Con pasmosa frialdad Wilhelm le dijo que si no cedía a sus deseos la denunciaría ante su padre. Ella no accedió, el pequeño monstruo y futuro genio cumplió su amenaza y el señor Reich no volvió a dirigirle la palabra a su esposa. Después de unos días de pesadilla, la señora se suicidó. No exagero al afirmar que Hitler, Stalin, Pinochet, César, Napoleón, Jehová, Omar, Gengis Khan y todos los genocidas célebres de la historia, palidecen ante Wilhelm Reich, padre de la antisiquia¬tría y genio sin madre.

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