El carrusel

El carrusel

La cantidad de denuncias, de cargos, descargos y réplicas que se formulan a diario en Colombia lo hacen pensar a uno en ese ladrón que huía a toda carrera, tras el que todos gritaban “¡Cójanlo! ¡Cójanlo!”.

Veamos. Antonio Caballero demuestra mensualmente que los norteamericanos son omnitraficantes, ‘lavanderos’ y drogadictos, entre otras actividades del surtido prontuario de ese pueblo aguerrido, próspero y puritano.

El presidente norteamericano nos certifica “por razones de seguridad nacional”, y nos entrega el certificado con la mano muy estirada, la cara volteada, los ojos cerrados y la nariz tapada para evitar la pestilencia que emanan del narcotráfico y de la corrupción de esta república banana.

El gobierno nos repite que vivimos en el mejor de los mundos posibles pese a la insania de la insurgencia y al azote de la delincuencia común; que en la lucha contra el narcotráfico han caído centenares de policías y decenas de funcionarios públicos de alto nivel; y que la “mano extendida” se mantiene pese a que los magnánimos gestos de paz del gobierno son respondidos por la guerrilla con actos de barbarie.

La guerrilla nos recuerda que ella no se produjo por generación espontánea, que tira cilindros porque no tiene bombas, como el ejército, reconoce que está conmovida con el magnánimo gesto del gobierno al disparar las tarifas de los servicios públicos (12 % promedio nacional) y que su relación con el narcotráfico es meramente coyuntural.

Los narcotraficantes no dicen nada. Hace años que se volvieron gente callada, trabajadora y de bajo perfil. A veces, ya con un pie en la tétrica escalerilla del vuelo sin regreso de la extradición, balbucen algunas palabras: ‘soberanía’‘constitución’… Pero si hablaran de corrido dirían, como las putas, que la culpa es de la sociedad, que no les dejó otra salida.

La sociedad se queja de los medios. Dice que hacen su agosto con la violencia, que son adictos a la porno-miseria y a la carroña, que ignoran las realizaciones positivas del país y que sesgan de manera criminal la información porque están al servicio de los partidos políticos y de los grandes grupos económicos.

Los ‘cacaos’ dicen que ellos no han hecho sino crear empleo y sacrificarse por Colombia. Luis Carlos Sarmiento, por ejemplo, se queja de que ha prestado miles de millones de pesos contantes y sonantes a la chusma, y que la chusma le paga es con ranchos, y que así no se puede.

Los medios nos recuerdan que su labor fiscalizadora es esencial en la democracia, y sacan la larga y brillante lista de periodistas caídos en la lucha –buena parte a manos de la ultraderecha–, todo hay que decirlo.

La “ultra” reclama el derecho a la legítima defensa, a agenciarse la protección que el Estado no puede brindarle (alguien tiene que hacer el trabajo sucio) y que, por otra parte, les parece inadmisible que Europa repruebe el componente militar del Plan Colombia.

La aséptica Europa, esa estirada señora que cuenta con más ‘lavanderías’ que museos, de cuyos arsenales sale buena parte de las armas que desangran al mundo, y cuyas multinacionales pagan aquí vacunas multimillonarias, se declara pacifista a ultranza, alarmada por nuestros índices de violación de los DDHH, y nos promete sumas irrisorias para que emprendamos la gran revolución social que necesitamos.

Las FFAA dicen que ellas ‘nada que ver’ con los ‘paras’, que todo son infundios del Cinep, Amnistía, la ONU, Chávez y la Unión Europea; los ‘paras’ dicen “Haga patria, mate un guerrillero”; los guerrilleros dicen que Plinio Apuleyo es un facho, y Plinio asegura que Antonio Caballero tiene la inteligencia amargada por el abuso de cierto alcaloide.

¿Qué podemos hacer los hombres de bien de este país ante semejante algarabía de recriminaciones circulares? Creo que lo mejor es echar a correr gritando ¡cójanlo! ¡cójanlo! no sea que, viéndonos tan callados, la gente piense que somos traquetos de bajo perfil.

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