El filósofo, el boxeador y la modista

El filósofo, el boxeador y la modista

Fotografía: José Giraldo - EL CLAVO

Tal vez no esté de más recordar que con las palabras Tánatos y Eros los pensadores designan los dos sentimientos extremos que demarcan todos los actos humanos, la pulsión de muerte y la pulsión de amor, esas fuerzas que un día nos animan a comernos a besos al prójimo… ¡y a volverlo picadillo al día siguiente!

El asunto no es tan contradictorio como parece. Existen tantas razones para admirar a las personas como para aborrecerlas. Las admiramos por su belleza, humor, talento, habilidades, posesiones. Podemos odiarlas por las mismas razones –no hay nada más duro que ver triunfar a un petardo– o por su mezquindad, o por cosas tan simples como el volumen de su equipo de sonido, los ladridos de su perro o su manera de conducir.

El caso es que estos dos sentimientos están brotando cada momento en una incansable oscilación binaria. Cada segundo que pasa amamos algo y odiamos algo ¡y este algo puede ser la misma cosa! ¿Quién, por ejemplo, no ha sentido una inmensa ternura por su cónyuge, unas ganas enormes de poner el mundo a sus pies todos los días, y quién no tiene, al menos dos veces por semana, el impulso incontenible de estrangularlo?

Algunos pasan a los hechos. Hace unos años, el boxeador Carlos Monzón arrojó a su mujer por el balcón del noveno piso de un edificio de Buenos Aires. El anciano filósofo Louis Althuser estranguló a su anciana esposa en un tranquilo suburbio americano una tranquila tarde de domingo. Y Lorena Bobbit, una peruana de tijeras tomar, le amputó el falo una noche a su marido, un señor, dijo la policía, tercamente infiel. Aunque injustificables, claro, son actos comprensibles: tener día tras día un balcón a la mano en un piso alto puede despertar una tentación difícil de vencer; un cónyuge coqueto es casi tan exasperante como una piquiña en el asterisco; y el domingo por la tarde, esas horas ya nubladas por la inminencia del lunes, es el momento más difícil de la semana.

Estos tres personajes dieron el paso que los demás rumiamos cobardemente toda la vida, esquivando con beatitud los balcones, las tijeras y los domingos que Tánatos pone en nuestro camino. Esta contención se logra gracias a unos mecanismos morales aceitados con esmero en milenios de civilización, es decir, por una combinación de teología y represión en partes variables. A este mecanismo lo llamamos conciencia, esa vocecita interior que nos advierte que alguien puede estar mirándonos: Dios, la policía o un vecino fisgón.

Los psicólogos, gremio que se ha vuelto muy tolerante en las últimas décadas, no sé si por la apertura de los tiempos o por la estrechez del mercado, consideran normales estos impulsos de amor y odio. Sólo piden que estos sentimientos no se superpongan, porque entonces se configura un cuadro esquizoide, y que los odios no se ejecuten.

Un caso de superposición de sentimientos clásico es el sadismo erótico, como el del distinguido cacorro alemán del que informó la prensa hace un par de años. El señor tenía un muchacho al que amaba locamente; tanto, que un día se lo comió vivo, filete a filete, hasta que el muchacho desfalleció de anemia y placer. Fue un cuadro de demencia paralela fulgurante, el máximo acto de amodio que registran los anales de los placeres torcidos. A su lado El imperio de los sentidos, el film sadomasoquista japonés, es una obrita ingenua para todos los públicos.

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