Fobias, inquinas y alergias

Fobias, inquinas y alergias

Fotografía: José Giraldo - EL CLAVO

Aunque la lista de las cosas que me deprimen es larga, trataré de ajustarla al espacio de esta columna.

El perifoneo, el pito del mazamorrero y los pitos en general.

Los zapatos masculinos con moños.

Los enanitos verdes, La oreja de Van Gogh, todas esas melosidades por el estilo de yooooo, soy rebelde porque el mundo me hizo asíííííííí, y la música con mensaje: la canción protesta, Ana y Jaime, el rap, Hay que sacar al diablo, A quién engañas abuelo. (¿No habrá una relación subliminal entre el fracaso de la revolución cubana y el éxito de esa canción que grita: se acabó la diversión/ llegó el comandante y mandó a parar?). Es un hecho: el panfleto y la poesía no riman.

Tampoco resisto el son, esa guasca cubana, ni el “doble sentido” del Polvorete, La cucharita, La camisa negra y los copleros.

Las ediciones críticas, esas que señalan con erudita gravedad que en la editio princeps el autor escribió “pobre niña mía” mientras que en la segunda edición puso “mi pobre niña”.

Las visitas largas en las horas de la mañana. Las visitas largas. Las visitas.

Del cine me molesta: Los ninjas, el cine de acción y la verborrea de Woody Allen. Los alaridos de las parturientas. Las pesadillas y las escenas oníricas, esas filmadas con neblina y cámara lenta. La pedofilia me enferma; y la violación, así la víctima se lo merezca. La escena del gato: de repente, en un momento de máxima tensión, se oye un chirrido y una sombra salta sobre el protagonista: era el gato.

La tarde del domingo, que ya está como arruinada por la inminencia del lunes.

Los que ponen en todas sus frases las palabras espectacular, divino, tenaz o hijueputa son fatigosos, claro, pero no tanto como los que cierran todas sus cláusulas con la fórmula “El Señor”.

¿No habrá quien les diga a los traductores españoles que gilipollas, tío y golfo no son expresiones universales, y que les señale a sus escritores que no hay nada tan mamón como esa debilidad por el uso de los tiempos compuestos: hemos comido, han llegado, habrán salido, y así, ad nauseam?

Tal vez no esté de más advertir que mirífico es inferior a mágico, que bonísimo es pedante comparado con buenísimo y que orinal es mejor que mingitorio, palabra que casi nos hace ver el tripitorio sobre el pedernal.

Tampoco resisto las falsas carátulas (¡cómo estorban!), las hojas tamaño oficio (por la misma razón) y el pozo de café en el plato del tinto. Ni las columnas seriadas: El narcotráfico en Colombia, III. ¿Esperan sus autores que hagamos cola en los quioscos desde el amanecer para leer la continuación? Lorenzo y Pepita, Pancho y Ramona, Benitín y Eneas: las parejas en general, especialmente cuando andan en pareja. Las historietas colombianas. ¿Cuándo harán una buena? Un periódico descuadernado, mal doblado o con hojas nonas.

Los tipos que ponen un grito al cielo por unos pinches cuernos.

Las pitonisas, como Walter Mercado, y los “supermachos”, como José Galat.

Los expertos en ovnis, atlantes, pirámides, numerología, Hercóbulos, etc.

Los cazadores de gazapos, esos notarios de la lengua incapaces de una gota de humor, claridad o poesía.

Usted dirá que alguien con tantas alergias debe ser viejo, neurótico o maniático, y yo le diré: todas las anteriores, agudo lector.

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