La lección del pelirrojo

La lección del pelirrojo

londono_grande

Tengo un amigazo de 6 años que se llama Luis Genaro. En casa le decimos “lápiz” porque es flaco, largo y pelirrojo. En medio de una reñida partida de bolas (“cuadro”, para ser precisos) le pregunté qué pediría si un Genio le concediera tres deseos.
—Que no haiga más guerra –respondió mientras cerraba el ojo derecho y alzaba la comisura del mismo
lado para afinar la puntería.
—Te quedan dos –le dije.
—Que Dios les dé plata a los pobres.
—Sólo te queda uno –dije subrayando alarmado el adverbio con la esperanza de que pidiera algo para él,
un árbol de chocolatines, una docena de lámparas mágicas, algo, pero el pelirrojo no estaba para pequeñeces.
—Ser grande –dijo tras una breve reflexión.
—¿Para qué?
—Para trabajar –respondió.
—¿En qué?
—Ayudándole a mi papá.
—¿Qué hace él?
—¡Lanchas! –dijo con una sonrisa de dientes grandes, y sus ojos se iluminaron como llenos de sol y de mar. La formulación y el objeto del primer deseo, “Que no haiga más guerra“, revela, incluso a quien no haya leído lo que antecede, que se trata de un niño del tercer mundo. El segundo deseo, “Que Dios les dé plata a los pobres“, evidencia una grandeza de alma que ojalá la tuviéramos todos los colombianos; que ojalá la tuviera Dios. El tercero nos demuestra que Luis Genaro sabe muy bien, en su precoz madurez, cuál es el destino del hombre, qué es lo único que puede llenar de sentido la existencia, el trabajo.
El odio de ciertas personas al trabajo es causado por la sordera. Desoyendo el llamado de su verdadera vocación, estudiaron medicina porque daba plata, o se hicieron profesores porque no había que trabajar mucho, o senadores para no trabajar nada. Ahora son médicos insensibles, profesores amargados y senadores pérfidos (perdón por la redundancia) y van por la vida arrastrando una jartera larga. ¡Bien hecho!

Otros arrean una recua de chivos expiatorios: “es que el Estado no me apoya”, “la familia no me entiende”, “la sociedad me obliga”, “la religión me castró”. Es cierto que el Estado no apoya nada, que la familia estorba todo y que entre el sacerdote y el profesor traumatizan al resto, pero no es menos cierto que la historia está llena de hombres que pasaron por encima del estado, la familia, la sociedad y hasta de la mismísima Providencia, y convirtieron “el ultraje de los años en una música, un rumor y un símbolo”.
¡De manera que a trabajar, quejumbrosos! Uno no puede salirle a la inimaginable Divinidad el día del Juicio con el cuento de que “yo quería ser bueno pero mi papá no me dejó”.
Para nadie es fácil la vida. Ahí está la gracia. Es difícil que coincidan lo que queremos y lo que debemos hacer con lo que en realidad podemos realizar. Pero de eso se trata, de conjugar deber, aptitud y voluntad, sin venderle el alma Diablo. De hacer mucho con poco. (Había escrito “De hacer oro con plomo” pero lo taché temiendo que los sicarios, esos alquimistas modernos, me malinterpretaran la metáfora).

Quizá cuando leas estas líneas, Luis Genaro, no te reconozcas en ellas. Quizá hasta hayas olvidado las respuestas que me diste esa tarde entre “pepo y pepo”, entre “pepo y cuarta”. Sé que no las dijiste para impresionar. Simplemente fue lo que te dictó ese corazón enorme que late, no sé cómo, en ese pite de pecho.
Así debe ser. Hay que ser bueno porque sí, no por temor a la Justicia ni para ganar el Cielo (que debe ser para gente desinteresada, supongo). Y hay que trabajar mucho. Mucho. Hagamos mil y una lanchas, mi bello amigo: 200 para que las vuele la guerrilla, 300 para que se las roben los parapolíticos, 500 para los pobres y una para que salgamos –vos, tu papá y yo– a dar una vuelta por ahí.

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