Los dos astrónomos

Los dos astrónomos

Julio Cesar Londoño

Julio Cesar Londoño

Tycho Brahe fue uno de los dos astrónomos más destacados del siglo XVII. Su cabeza era ancha y calva, en forma de huevo, los ojos fríos y altaneros, el bigote enroscado y la nariz de oro, pues había perdido la suya en un duelo con un joven que se jactaba de aventajarlo en matemáticas. Su descubrimiento de la supernova de 1572 refutó la teoría de la inmutabilidad de los cielos, de Aristóteles. Vivía en una isla que le había regalado el rey Federico de Dinamarca. Allí construyó un castillo y un observatorio, el mejor de su tiempo. Durante el día, oprimía a sus vasallos con ferocidad. En la noche, luego de derrotar a sus invitados en la mesa y en el bar, se ponía a asechar estrellas. Al alba estampaba sobre papel cebolla las cifras que las sofisticadas observa­ciones de los siglos venideros apenas precisarían en algunos segun­dos de arco.

En 1600 el destino se encargó de reunir a Brahe con Johannes Kepler, un astrónomo genial, el único capaz de dar forma –si dispusiera de las cifras de Brahe– al Sistema Solar. Kepler Vivía en Gratz, Austria, donde a duras apenas sobrevivía como astrólogo; sabía de la existencia de Brahe pero no tenía cómo costearse el viaje hasta Dinamarca. Entonces se produjo una coincidencia providencial. Brahe fue expulsado de Dinamarca por sus abusos contra los nativos de la isla; Kepler tuvo que abandonar Gratz a causa de las persecuciones religiosas desatadas contra los luteranos, y los dos hombres se encontraron en Praga, donde Brahe había construido un nuevo observatorio. “Las circunstancias que los empujaron al encuentro pueden ser atribuidas a la casualidad o a la Providencia… o a una suerte de ley de la gravedad histórica. Después de todo la gravedad es sólo una palabra para designar una fuerza desconocida que actúa a distancia y no conoce barreras”, escribió Arthur Koestler en su Kepler.

Las relaciones entre los dos hombres no fueron fáciles. Kepler estaba habitua­­do a trabajar en ambientes casi monásticos, y el observa­torio de Brahe era una fiesta. Kepler era místico, pobre, débil y teórico; Brahe, mundano, rico, vital y práctico. Pero se necesita­ban. Eran los dos más grandes astrónomos del mundo, y lo sabían. Kepler necesitaba las cifras y los instrumentos de Brahe. Este sabía que sólo el genio teórico de Kepler podía sustentar el modelo del mundo en el que había trabajado toda su vida, una combina­ción de los modelos de Ptolomeo y Copérnico.

Durante el tiempo que trabajaron juntos, Brahe fue avaro con el salario de su ayudante; también con la información. Sólo le daba la estrictamente necesaria para su labor, y uno que otro dato que se le escapaba entre copa y copa y Kepler recogía con avidez.

Brahe murió en 1601. En el litigio por la sucesión Kepler fue uno de los demandantes y obtuvo lo que quería: los otros demandantes –familiares y asistentes del noble– nunca pudieron entender que Kepler se limitara a reclamar, de los cuantiosos bienes de Brahe, un rumazo de papeles amarillos repletos de números. Debió ser un espectáculo enternecedor contemplar a ese astrólogo enteco y de mediana edad salir presuro­so del tribunal abrazando sus papeles con un brillo pícaro en los ojos y una prisa divina en el alma.

Comments

comments