Ocio y camello

Ocio y camello

Fotografía: José Giraldo - EL CLAVO

 

En el Paraíso los seres humanos eran felices, inocentes, ignorantes, inmortales y ociosos. Eran, para decir de una vez palabras fatales, criaturas obscenas. Gracias a la serpiente y a nuestra madre Eva, fuimos expulsados de ese nirvana empalagoso, de ese “océano de mermelada sagrada”, y llegamos a tierra firme, a este mundo alto, duro, real y mucho más rico, pues contiene infiernos y paraísos. 

Fue un cambio extraordinario. La inocencia fue reemplazada por la aparición del sentido ético –la capacidad de diferenciar entre el bien y el mal– y por el florecimiento del morbo, la sal del erotismo, que despertó al magnífico animal que hibernaba en el fondo del alma de nuestros bíblicos padres; el surgimiento de la curiosidad nos inscribió para siempre en el camino del conocimiento; el sabernos mortales no hizo sino aumentar el valor de la vida; el trabajo, la maldición de Yahvé, llenó de sentido la vacía existencia de Adán.  

Aunque ahora el trabajo tiene mala prensa y el ocio nos  parece un ideal de vida, un regreso al Paraíso, la verdad es que amamos el trabajo. Por eso es que trabajamos cinco o seis de los siete días de la semana, y en el octavo arreglamos una chapa o cuidamos el jardín, lavamos el vehículo, cocinamos, ordenamos papeles, hacemos ejercicio, practicamos un pasatiempo, cumplimos compromisos sociales y revisamos las tareas de los hijos; es decir, seguimos trabajando. 

Sólo en el trabajo, para bien o para mal, hallamos reposo los seres humanos. Dirija su vista a cualquiera de los puntos cardinales, visite cualquier país, revise la historia de cualquier siglo y no hallará sino pruebas de la frenética laboriosidad humana: ciencias, artes, guerras, oficios, monumentos, encajes, taraceados, engranajes,  inventos, artesanías, puñales, poemas, vasijas, perfumes, agujas, dedales, intrigas, primores, romances, anales…  

“Ocio” se decía en griego skholé, y se utilizaba para nombrar la disposición del espíritu que permitía al hombre poner en acción sus fuerzas más nobles: la creación artística, la reflexión filosófica o la mera contemplación, actividad que era considerada no menos ardua que la creación. Por extensión, Aristóteles llamó también skholé al lugar donde se cultivaba el saber. De aquí se derivan el latín schola, el castellano “escuela” y el inglés school

Más diletantes, menos profundos y dueños de una lengua más precisa, los romanos acuñaron el término otium para nombrar la feliz combinación de fiesta y schola. El otium era entonces una conversación culta, regada con vinos y que podía ser asaltada en cualquier momento por una pandilla de músicos y bailarinas. El antónimo era nec otium, negocio, la negación del ocio. 

El otium del Imperio sería con los siglos el dolce far niente de los italianos ricos, y la bohême de los intelectuales franceses, esa locha exquisita que quedó definida de una vez para siempre en una canción cantada por la cascada voz de Charles Aznavour. 

La conversación, paradigma del ocio, es hija de un vaivén entre el rigor y la especulación, entre el humor y la erudición, entre la lucidez y la ebriedad, entre la cortesía y la rivalidad, y es pródiga en hallazgos, en asociaciones insospechadas (la “chispa), en revelaciones, en complicidades intelectuales… y hasta en negocios. 

Ambivalente, como todo, el ocio es una actitud que igual puede llevarnos al paraíso o al infierno.

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