Papito Julio

Papito Julio

Londono1Usaba un bastón en el que no se apoyaba: era para espantar perros, ladrones y gente en general. Andaba a pie y calculaba en la mente porque desconfiaba por igual de los carros y de las calculadoras. Fumaba tabacos hechos por él mismo con las hojas de la mata del segundo patio. Era delgado, curtido por el sol, no tenía barriga y las señoras admiraban el tono de sus canas. Esputaba y bebía con regularidad. Café. Whisky. Chicha. Aguardiente. Contaba con orgullo sus hazañas en la Guerra de los Mil Días ante un corro de nietos que lo escuchábamos en trance.

Cuando se dispersaba la audiencia me sentaba en sus rodillas, en la mecedora de mimbre del corredor del patio interior, y jugaba con mis rizos mientras impartía una lección particular: “Hay que decir siempre la verdad… ¡pero no toda! Debe aprender a hablar duro y a peer pasito. No crea en curas ni en médicos. Son traficantes del miedo. Hay mejores cosas que hacer. Cometas, por ejemplo. A la escuela tendrá que ir. Qué le vamos a hacer. Ojalá no se lo vayan a tirar. Una nube roja al Occidente. Habrá sangre. Hay que cuidar el alma, la mente, el cuerpo y el bolsillo. Lo demás es tirao. ¡Qué bellas las rosas! ¿Quién las habrá inventado? No me imagino a Dios bordando florecitas. La violencia es hija de la ambición, que es hija de la pobreza de espíritu. La cosa se jodió cuando inventaron las ciudades. La ciudad nació del surco. Debe ser un invento de mujeres. Los últimos sabios fueron los nómadas. Esos sí eran varones. Nosotros somos flores de invernadero. Pájaros ornamentales. Lo mejor es soñar, mijo, lo demás son pendejadas”.

Un día se enfermó gravemente. Vino el médico, se encerraron una hora en el cuarto y salieron cariacontecidos. Luego me llamó aparte y me dijo: “Le voy a confiar un secreto. Prométame que lo guardará. Entonces llegó la abuela, se abrazaron en silencio y no pudo contarme nada pero yo sentí la presencia de una cosa invisible y fría que se apoderó de la casa, bajó el volumen de la música, hizo graves las conversaciones, volvió sosas las comidas y hasta echó a perder batallas ya ganadas en la Guerra de los Mil Días.

En un cumpleaños me hizo un juguete con un carretel de madera, un cabo de vela, una banda de caucho y un palito. Era un engendro que andaba solo y me dejó pasmado para el resto de mi vida.

Su último empleo fue una carnicería que le pusieron sus hermanos, que eran hombres de hacienda, pero quebró porque la carne que no fiaba la regalaba. No podía ver una mujer pobre o bonita porque ahí mismo le envolvía cuatro libras de buena carne en hojas de biao. “Tenga, mija. Hay que estar fuertes para la guerra. Salúdeme a don Antonio”.

Murió  a los 96 años sin pedir cacao a curas ni médicos. “A mí que no me vengan con pañitos de agua tibia”. Cuando la abuela le sugirió la morfina para paliar los últimos retorcijones del cáncer que lo estaba matando, la rechazó de plano. “¡Cómo se te ocurre, mija! Uno no se muere sino una vez”. Ella le insistió con lágrimas y ternuras pero él se mantuvo firme. “Dejame, mujer. Tengo que estar despierto. Quiero verle los ojos a esa zorra”.

Aunque han pasado muchos años, yo conservo el sabor de tus caricias, papito, tu imagen vieja y recia, tus monólogos, el vicio del tabaco, el carretel de madera que anda sin necesidad de pilas, y esa clásica ineptitud para hacer dinero.

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