Sobre el ensayo

Sobre el ensayo

Hace dos años, en el curso de una conferencia, un señor del auditorio me preguntó cuál era ‘la cualidad más sublime del ensayo’. La palabra sublime no me dijo nada, es un adjetivo demasiado raído, y contesté cualquier cosa para salir del paso. Solo después comprendí que era una pregunta buenísima. Bastaba poner un adjetivo más tranquilo, menos pretencioso, sacrificar la grandilocuencia por la precisión, y el señor se habría hecho entender. Por ejemplo: además de las cualidades archisabidas: erudición, síntesis, contrastes, buena prosa, toma de posición, ¿cuál es la cualidad clave de un buen ensayista?

Hoy tengo al fin la respuesta y le ruego, señor, que disculpe la tardanza: la cualidad más importante y difícil en un ensayista, estriba en su capacidad especulativa. Trataré de explicarme. El cerebro opera de tres maneras diferentes, es decir, hace tres clases de inferencias: las deducciones, las intuiciones y la especulación. Las deducciones son  rigurosas y casi incuestionables. Un ejemplo clásico es el siguiente: si a = b y b = c, entonces a = c. Son razonamientos sólidos y elegantes pero un tanto previsibles, y provienen más del estudio que de la inteligencia.

Las intuiciones son conclusiones cuyo proceso mental ignoramos. Llegamos a ellas por caminos oscuros, y no sabemos dar cuenta de sus razones. Las corazonadas, las supersticiones, las conjeturas y los prejuicios son inferencias de esta clase. Quizá la intuición sea apenas la punta del iceberg, la conclusión de un silogismo tan racional como las deducciones, sólo que desconocemos sus premisas. A lo mejor son pensamientos hechos y derechos, pero incubados en la trastienda siempre oscura y a ratos genial que llamamos inconsciente; esa entidad que puede ser la cuna de nuestras mejores ideas y a la que podemos imputarle la responsabilidad de todas nuestras guachadas. Es posible que la intuición sea parienta cercana del azar, el concepto que hemos inventado para resumir nuestra perplejidad ante sucesos cuya cadena de causalidad desconocemos.

A mitad de camino entre la deducción, tan previsible, y la intuición, tan lunática, está la especulación, una forma de razonamiento más cercana a la inteligencia que a la erudición, al humor que a la gravedad, a la ironía que al humor, y sin embargo respetuosa de la lógica, o mejor, fundadora de su propia lógica.

Para explicar por qué la mayoría de las personas son diestras, demos por caso, un lógico tradicional, es decir, una persona de razonamiento deductivo, nos dirá que somos diestros porque el hemisferio izquierdo predomina en el control de las funciones motrices de las extremidades del cuerpo. El intuitivo dirá que él cree que la especie fue zurda una vez pero no sabrá explicar ni cuándo, ni por qué se nos invirtió la polaridad. Una inteligencia especulativa, como la de mi amigo Iván Almario, dirá: “Somos diestros porque así es más  corto el camino que debe recorrer el puñal hasta el corazón del enemigo”.

Un ensayista que domine este tipo de inferencias llega más rápido al corazón del lector.

Comments

comments