Un pite prodigioso

Un pite prodigioso

Las hormigas son criaturas casi perfectas. Tienen tres cerebros que pueden trabajar de manera independiente. Con los millares de facetas de sus ojos, la hormiga obtiene una imagen pixelada del mundo. La definición no es muy buena y le cuesta percibir los detalles. En compensación, puede apreciar objetos distantes y desplazamientos tan imperceptibles como el de la manecilla horaria, por ejemplo.

Aunque perciben algunos sonidos gracias a unos tímpanos rudimentarios situados en las patas, su sentido estrella es el olfato. El mundo de la hormiga es un mundo de olores y por eso su lenguaje es básicamente odorífero. Casi todas las comunicaciones de la colonia: órdenes, alarmas, apareamiento, coordinación de tareas, orgías, desafíos, galanteo, etc., se transmiten por medio de secreciones de feromonas. Por esto mismo las sensaciones son colectivas. Si una hormiga se angustia o se excita, todo el hormiguero experimentará la misma sensación de manera simultánea. No obstante, un guerrero fuerte puede tranquilizarlas emitiendo una fragancia sedante, que controlará la histeria.

No se las ha visto sembrar pero sí desmalezar, cosechar y almacenar. Los cereales y las gramíneas son sus vegetales favoritos. Para combatir la maleza utilizan un herbicida de su propia invención, el ácido indolacético, atomizado sobre los cultivos por una glándula abdominal.

Y claro, también son ganaderas: crían en amplios y aseados establos sus propias vacas lecheras. Se trata de los pulgones, unos insectos hemípteros de un milímetro de longitud cuyas deyecciones azucaradas son muy apetecidas por las hormigas. A cambio de esta melaza, las hormigas les brindan protección contra los muchos depredadores que los atacan.

¿Cómo han logrado esos pites tanta armonía social? ¿Es el hormiguero una república de reflejos? ¿Una anarquía civilizada? ¿Obran por inteligencia previa o por concierto espontáneo? ¿Han descubierto la fórmula social perfecta? ¿Es el amor su clave? ¿Será cada hormiga, como sospechan algunos, una célula de ese organismo llamado hormiguero? ¿Son tan dichosas como parecen o se trata sólo de un infierno bien aceitado, un mundo “feliz” como el de Aldous Huxley?

Los entomólogos tienen una explicación menos romántica. Toda la “armonía” del hormiguero, sostienen, no es más que el resultado de dos defectos de diseño garrafales.

El primer defecto estriba en que no tienen dientes. Aunque sus potentes mandíbulas les permiten sujetar, horadar, partir, decapitar y despedazar al enemigo, no pueden masticar con ellas ni, por tanto, comer alimentos sólidos. Lo que la hormiga come va a parar, entero, a un estómago falso, o “buche social” como lo llaman los mirmecólogos. Allí, las encimas lo digieren y lo transforman en soluciones, que es lo único que ellas pueden digerir (por eso forman corros golosos en torno a un pocito de gaseosa).

Pero, y aquí viene el segundo defecto, este buche no está conectado con el resto del cuerpo, de manera que la solución no puede pasar al organismo y ser aprovechada en las funciones fisiológicas. Aunque tenga el buche lleno, una hormiga puede morir de inanición. ¿Qué hace entonces? Buscar una compañera que tenga también repleto el buche y, acariciándole la barriga y las antenas, provocar la apertura de unas válvulas que permiten la salida de la preciada solución. Luego intercambian los papeles, y la hormiga ahíta alimentará a la hambrienta. De aquí, aseguran los entomólogos, proviene la legendaria “solidaridad” de las hormigas.

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