La gran caverna

La gran caverna

El retorno de los trogloditas (Roberto Gerlein y su estirpe), sigue insistiendo en ese círculo vicioso y virulento del desprecio. Después del testimonio lejano de las sórdidas cruzadas medievales, del genocidio propiciado por el ku klux klan, de la perversa misoginia de la curia, que sigue promoviendo la exclusión de las mujeres en los altos nombramientos del poder, porque siguen insistiendo y entendiendo al hombre como el máximo primor de la divinidad, vuelve el aquelarre de los puritanos a engrosar otra vergüenza.

Aún después de que la historia ha ascendido en las escalas de la tolerancia vigilada por la lógica y el raciocinio, y que el milenio ha demostrado hasta el cansancio la fatalidad de la exclusión, los monstruos cavernarios, los trogloditas sin opción para la cura o el remedio, siguen abriendo sus mandíbulas de odio y terquedad; ahora ( y es una completa redundancia decirlo, como es una completa redundancia argumentar contra las bestias anacrónicas), cuando empezamos a entender que el dogma y la verdad universal es una farsa, cuando empezamos a objetar con argumentos el mundo y la existencia, siguen hablando y maldiciendo ellos, los homofóbicos, los xenófobos, los misóginos desvergonzados y aferrados a la frívola idea de un mundo ejemplar, como si el mundo varonil, machista o heterosexual lo fuera. Siguen anclados a la siempre sospechosa intención de conservar las tradiciones, los paraísos, como si los pasados del hombre y de la humanidad lo fueran.

Lo que hizo la semana anterior el “honorable” senador Roberto Guerlein (40 años aferrado a los tentáculos de su curul) es una prueba de la gran dificultad que sugiere la restricción urgente de las moralidades subjetivas, caprichosas y crípticas, nunca abiertas al debate de la historia y al progreso.

El mundo, desde principios del reciente siglo, avanza y acepta los decretos a favor de las comunidades excluyentes. La pauta la marcó la siempre abierta Holanda, que a principios del 2001, ya decretaba a favor del matrimonio homosexual. Canadá, Sudáfrica y España decretaron con la misma tolerancia en 2005, Dinamarca en el año actual. El mundo acepta y tolera, aún sobre la rabia infundada de los sacrosantos que apuestan a la sórdida segregación. Sobre la religión, que sigue difundiendo los señalamientos públicos como en el mundo medieval y oscurantista y sin vergüenza, sin pudor, sin arrepentimiento, con esa inexplicable dualidad en la moral que adora y fulmina a sus discípulos.

Es una redundancia decirlo, pero ante el esperpento nacional hay que acudir al esperpento de la redundancia y del pleonasmo. Colombia sigue demostrando junto a pocas sociedades, que sigue sosteniendo el máximo poder desde la retaguardia del mundo, hablando aun desde las grandes cavernas de la antigüedad.

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