La palabra al silencio

La palabra al silencio

Mi novia y yo terminamos hace tres días. No fue rápida, no fue concreta y creo que utilizó tantos lugares comunes que me quedó el sabor de una inconsistencia increíble. De todas formas, desde el instante en que entendí hacia donde se dirigía, sólo quise quedarme en silencio…

Hoy por la tarde viniendo en el MIO, cayó un aguacero bien propio de estos días de invierno. Mejilla apachurrada contra el cristal, mi pasatiempo era ver con melancolía las gotas de lluvia sobre el vidrio como pequeñas lágrimas. Aún en silencio absoluto, me dedicaba a pensar mientras el bus avanzaba con su lentitud habitual. Entonces, de repente, caí en cuenta de que el silencio es mucho más cotidiano de lo que solemos creer y que guarda un valor no siempre apreciado. De hecho, pareciera que nuestra vida fuera solamente una cuestión de palabras, pero este personaje está siempre ahí, imperceptible y evidente a la vez.

De golpe pensé en el silencio fúnebre, el de la muerte, que me pareció no obstante un buen sinónimo de tranquilidad. Y de la mano apareció el silencio de la oscuridad, aquel desde donde acecha El Coco y otros tantos engendros tradicionales. Hay también silencios agradables, por ejemplo, el que todo caleño ha tenido que vivir: aquel tranquilo y apacible que se siente a las 5:30 p.m., con un atardecer maravilloso y un viento fresco acariciándonos.

Silencios hay en todas partes, de todo tipo. ¿Qué tal el artista que los necesita para respirar y exclamar sus siguientes líneas o para tocar su siguiente nota? ¿Y nuestras charlas habituales? Todos hacemos uso de él cuando separamos cada una de nuestras palabras. De no ser así, ¿cómo haríamos para diferenciarlas, cómo saber cuál es cuál?

Tras un segundo, un frenazo abrupto lanzó mi mirada de nuevo sobre las gotas de lluvia, el desamor y las escenas de la última cita. Entonces hallé nuevamente al Silencio, pero este otro lo descubrí doloroso. Aquel maldito que surgía tras mis preguntas cuando tú no respondías, y que parecía no decir nada aunque en realidad dijera mucho. Suficiente para despedazar mi corazón, para dejarlo mutilado por una especie de viento seco.

Pensando en ella recordé el dulce silencio de los enamorados. Los momentos en donde no tienen ninguna importancia las palabras: el del helado que se comparte, el que une cuando se anda o se descansa tomándose de la mano; o aquel otro, el seductor previo al beso, sea donde sea, cuando las palabras se agotan, las manos se tientan y las miradas juguetean. Y aquel que no te abandonará fácilmente tras haberlo escuchado: el silencio profundo durante el amor. El que sólo se romperá con los murmullos privados y los roces orquestales de los cuerpos.

Entonces tocó bajarse. Caminando hacia el salón me di cuenta de que el silencio también puede hacernos un bien. Yo, por ejemplo, estaba viviendo un silencio consciente que hacía madurar mis palabras; uno reflexivo que buscaba evitarme las frases inoportunas, las metidas de pata (seguidas de un silencio particularmente bochornoso) y también, claro está, el uso de tantísimas frases de cajón que usamos a diario, no sé por qué –creo yo, por tanta telenovela– en nuestra vida de pareja. Éstas, al fin y al cabo, no hacen más que desgastar el corazón a golpe de millones de “te amo”, sin tener en ningún caso, un delicioso y fresco sabor de sinceridad en nuestros labios.

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