Lluvia de intereses

Lluvia de intereses

Que de niños nos dieran billetes era la emoción más grande del mundo, una sensación de poder sólo superada al cambiarlos por monedas: eso sí que era sentirse millonario. Queríamos parecernos a Rico Mac Pato  y nadar en una bóveda de monedas de oro.

Pero ahora, que un niño administre su propio dinero ya no es cuestión de tener un marranito de barro o un tarro plástico con tapa. El dinero en sus manos tiene una intención mayor que la del ahorro o la autonomía, y se ve reflejada en la ambiciosa expectativa de su próximo regalo. Y claro, de quién se lo dé: “La tía Fulanita es tacaña, por lo tanto no me quiere, y el primo Zutano es generoso, y por eso sí me quiere”.

Se califica cuantitativamente y no cualitativamente un regalo que voluntaria o forzosamente hay que dar. Y se hace evidente desde el bautizo, cuando los padres invitan a la celebración con una lluvia de sobres ¿Si ellos lo hicieron en su matrimonio, cómo no lo iban a hacer con sus hijos? La cosa ya venía enredándose desde antes, y se sigue en las demás fiestas de cumpleaños, primera común, quince años y grado de bachiller.

Dicen que la moda no incomoda, y algo de verdad tiene el dicho en este caso: pareciera que la lluvia de sobres es un aporte más de la modernidad para facilitarnos nuestras afanadas vidas. “NTC… no te compliques”. Lo más difícil de la vuelta es ir a comprar un sobre de esta línea especial de tarjetería acorde a la ocasión. Sobres elegantes, alegres, modernos, sencillos, con mensaje, en blanco, de diferentes colores y hasta con pegatina de seguridad. Y como en otras cosas de la vida, el tamaño sí importa: justos para pocos billetes y holgados para mayores sumas de dinero.

Compré uno para un regalo de grado profesional y me sentía extraño midiéndolo para mi cuantía. Ese día el cajero electrónico entregó billetes nuevos de $10.000, de esos de colección, de los que da pena doblarlos o tener que pagar con ellos. Empaqué mi voluminoso regalo, y la sensación de traqueto no se me quitaba de la mente cuando lo entregué. “Aquí le traigo una bobadita… pa’ que se compre lo que quiera…”.

Sé que es lo más práctico, lo más útil, lo más novedoso para este tipo de eventos, pero la emoción de comprar, empacar y entregar algo que a nuestro criterio es lo más adecuado para la otra persona no tiene comparación. Tal vez nuestra elección le apueste más a la funcionalidad del regalo antes que al gusto mismo, pero detrás de ese papel regalo o de esa compra inesperada existió un interés común. Ese interés que es el que nos motiva a celebrar esa ocasión especial a través de un detalle y que va más allá de lo pesado que se vea nuestro fajo de billetes en un sobre con filo dorado: el haber pensado, aunque sea una milésima de segundo, en la otra persona.

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