Lo que me emberraca del MIO

Lo que me emberraca del MIO

A mí me gusta montar en MIO. Las ventajas del aire acondicionado, de las sillas donde tus rodillas si caben, la prioridad que le dan a las mujeres con niños, embarazadas  y al adulto mayor, y también, la vocecita medio sexy de la vieja que anuncia la próxima parada que me ha resultado tan útil cuando estoy embolatada.

Muchos me dicen incluso que el MIO me debería pagar por saberme todas las rutas. Soy de la que le indica al perdido que no falta qué ruta lo lleva a dónde y dónde la puede coger. Porque yo fui de las que cuando inició el MIO y en medio de la fiebre me monté en todos, simplemente para saber hasta dónde llegaban y dónde paraban.

Para mí, el MIO es bonito, fresquito y mil veces más seguro que montar en un bus.

Pero debo de admitir que hay muchas muchas veces donde me emberraco con el sistema de transporte masivo de mi ciudad.

Me enchicha que los conductores no tienen idea de otra ruta aparte de la suya, y muchas veces le indican mal a uno qué debe coger, como si siguieran haciendo parte del Papagayo 8 y no de un sistema integrado.

Me da rabia ver que los buses ya están que se caen del mugre y como que nadie hace nada por limpiarlos.

La tapa es cuando son las 9:30 p.m., uno lleva 30 minutos esperando que aparezca el bendito alimentador y llega con el letrero de “sólo descenso de pasajeros”. Y cuando encima de todo el conductor tiene la osadía de decir huy, pero este era el último, le figuró caminar. O cuando estoy esperando la ruta y algún vecino me dice: es que esa ruta ya no pasa por acá.

La cambiadera de rutas, ese ha sido mi mayor trauma. Me tomó meses aprenderme las rutas, para que luego o las quiten, o les cambien la ruta que hacían, o les cambien el número. Ando completamente despistada cuando antes, era una sabelotodo del MIO.

Yo no peleo, como lo hace tanta gente, que porque viene eternamente lleno. No han entendido que uno viene ensalchichado y 3 minutos después llega uno que hasta tiene puestos libres. Tampoco alego como he visto a muchos cuando las sillas azules están vacías y nadie se sienta. Son sillas de prioridad, punto. Pero si peleo, se me sale lo gamina, cuando me empujan por entrar, cuando se meten delante de mí cuando estoy juiciosa haciendo la fila, cuando se rehúsan a pararse a pesar que ven una viejita, cuando rayan las sillas, cuando no se “comiden” (como dice mi abuelita) a sostenerle a uno la maleta o las mil bolsas si uno va cargado.

La gente, más que el MIO en sí, es lo que hace que muchas veces me de piedra. Los colados, los groseros, los quejetas, los que no entienden las reglas del asunto, los que ponen música desde el celular (que no puede ser otra cosa que reggaetón o rancheras), los descomedidos, todos ellos son los que me emberraque montar en MIO.

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