Mi mendigo

Mi mendigo

Son casi las tres de la tarde; la esquina de la iglesia está un poco sola, hay que esperar que terminen la misa. Es terrible la situación de este país; donde no hay empleo y no te queda de otra que pedir limosnas en la calle, esa calle sucia, indiferente y podrida de maldad.

Me duele el estómago, me arde, debe ser la gastritis; no he comido en todo el día. No quiero imaginar a mis hijos en este estado, el que yo padezco a diario. Necesito comer, necesito algo para pasar el día.

Salió por fin la gente de la iglesia. Debo mentalizarme.

–Podrían colaborarme –le digo a un grupo de personas que se acercan bien vestidos, con las mejores camisetas de domingo para rezar, para que su Dios les siga ofreciendo bendiciones y más ropa–. Mis hijos y yo necesitamos comer… –digo con el único hilo de voz que me queda.

Uno de los hombres del grupo me mira con compasión, quizá, iluminado por la tolerancia que le ofrece su Dios en el corazón se acerca y me entrega un billete de dos mil.

–Compre algo para comer –complementa después de entregarme el billete.

¿Me ves cara de vicioso? ¿Acaso no me ves la cara de hambre? Pienso con rabia.

Otro grupo de personas se acercan. Intento levantarme pero no puedo, el grupo de feligreses me miran apenados de mi incapacidad para mantenerme de pie. Debe ser el hambre…

–Señor, ¿se encuentra bien? –me pregunta una mujer con vestido blanco.

–No mucho –le contesto con sinceridad.

El grupo de personas que la acompañan me entregan algunas monedas de quinientos pesos y un par de billetes de mil y de dos mil pesos. Agradecido les sonrio. Y como si fuera poco, la mujer preocupada me pide que la espere, y al cabo de unos minutos, regresa con un plato de icopor y algo de alimento en él.

Esperé que el día terminara, que los creyentes desaparecieran, miré la iglesia, miré el plato de icopor y por primera vez, me sentí mal por lo que hice. Me levanté como si nada, la incapacidad para mantenerme había desaparecido, así como el show. Saqué un omeprazol del bolsillo y me lo tome para la gastritis que siempre me permitía sentir, para hacer mi interpretación de hambre y queja mucho más efectiva.

Mi día laboral había terminado pero no con satisfacción. Debe existir gente que realmente mendigue por necesidad… ¡Pero no!, debo sacar rápidamente esas ideas de mi cabeza. Empiezo a camino con tranquilidad a mi casa. En un sólo día, había logrado recolectar lo suficiente como para este mes; ganarme más del salario mínimo vigente, mendigando, frente a la Iglesia, los semáforos, y los buses en un país que no tiene dinero, siempre es una dicha. No necesitó ahora ese título de Mercadeo, y mucho menos, esos supuestos hijos que siempre me invento…

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