Mujeres y Letras

Mujeres y Letras

Es un hecho que la mujer ha tenido baja participación en las letras a lo largo de la historia.  Hubo que esperar hasta finales del siglo pasado (hace 40 o 50 años) para comenzar a escuchar su voz y leer sus primeras letras.

El género masculino ha dominado, por lo menos en protagonismo,  áreas de la academia, de  las ciencias, política y economía entre otros; ocupando durante años los asientos del poder, sobre todo el poder de la palabra.

Por causas no muy claras, la mujer quedó rezagada a un papel social de pasividad, aquel de escuchar con atención sin interrumpir, no discutir, no hacer afirmaciones tajantes, no hacer preguntas indiscretas. Un rol que se prolongó increíblemente durante varios siglos.

Extendiendo el despropósito, pareciera que hasta el origen del lenguaje, comprendido como el ponerle nombre a las cosas, hubiera sido mayoritariamente cosa de hombres. Hayan sido los neandertales o los homínidos, tuvieron que ser machos quienes nombraron los primeros objetos, “cuando las cosas aun carecían de nombre”.  Prueba de ello es que el lenguaje abarca objetos tangibles, en menor proporción intangibles, uno que otro fenómeno, y de manera relativamente escasa sentimientos emociones; temas de especial interés y amplio conocimiento entre las féminas.

De haber sido mujeres quienes bautizaran su percepción del mundo,  existiría un vocabulario más amplio para aquellas turbulencias del alma, y probablemente, hasta uno más preciso –sino más bello- para todo lo demás. Es justo ahí, respecto a las emociones y sentimientos, donde aún a hoy encontramos grandes vacíos, donde “no hay palabras” para describir o representar con exactitud lo que se quiere decir. La psicología y la poesía han dado los primeros pasos en este sentido pero falta mucho por recorrer.

Hay un mundo por descubrir en el lenguaje verdaderamente femenino. El hombre tiene un discurso pragmático y demasiado lógico. La mujer tiene uno indirecto y metafórico, que necesita de la imagen, de los sentimientos, de la poesía. Aunque en nuestra sociedad estas formas puedan ser consideradas como signos de debilidad. Mal está la sociedad en este juicio.

Por otro lado, está comprobado que las mujeres hacen maravillas -hasta con este lenguaje masculino- cuando  se atreven alzar la voz o la pluma; a manera de ejemplo están: Margarite Yourcenar (Memorias de Adriano), Oriana Fallacci (Un hombre), Virginia Wolf (Las Olas), Angeles Mastreta (Mal de amores), y por qué no, hasta Isabel Allende (Eva Luna).

Por fortuna, la “Igualdad” de género lograda a través de la evolución hace que finalmente estén dadas las condiciones de derecho, atención y valoración frente al discurso femenino, lo cual se extiende a la escritura. Con seguridad que de aquí en adelante, la tinta femenina irá cubriendo más y más papel con representaciones dignas de aplaudir.

Ojala que la igualdad de oportunidades y derechos abra campo a la diferencia en la expresión. Que vivan y escriban, cuando haga falta, desde la feminidad. Esto es desde los temas a tratar, el tono, el estilo y en el mejor de los casos, quizá  introduciendo el lenguaje que nos es aún bastante ajeno; el lenguaje femenino, aquel creado a partir de su percepción del mundo.

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