Nación folclor: La comunidad o la guerra

Nación folclor: La comunidad o la guerra

Este es el país de lo exótico, de lo insólito y lo diverso. La República se enaltece como el baluarte del trópico, como el jardín de los matices y las curiosidades. Pero en medio de la hermosa mezcla cultural que retoma lo mejor y lo peor de Europa, África y América, un llamado de atención aparece para recordarnos que la nación es un proyecto inacabado.

Y es que el nuestro es el país del todo ocurre. Las calamidades se confabulan con la gracia para hacerle homenaje al realismo mágico y poner en la misma cotidianidad a la tragedia y a la comedia. No en vano este es el país de los espejos, de la risa y el llanto en un mismo gesto, del Transmilenio y las carretas (“zorras”) de tracción animal, del café y la coca, de Gabriel García Márquez y el “Loco” Barrera, de Sábados Felices y el Paramilitarismo. Somos, como lo dijo algún escritor foráneo, una nación a pesar de sí misma.

La guerra convive con la paz, la corrupción con el emprendimiento, el Estado con la sociedad. La legalidad y la ilegalidad hacen una extraña simbiosis social para ocultar y mostrar al mismo tiempo, la hermosura y la monstruosidad de un país que lo tiene todo, donde se despliega la condición humana en los sentidos más variados. No hay ningún otro lugar del mundo donde los ciclistas sean algunos campeones mundiales y otros sicarios, donde los futbolistas sean mafiosos y los mafiosos sean políticos, donde los guerrilleros sean comerciantes y los comerciantes donadores empedernidos. Aquí todo puede pasar.

Pero si bien la mezcla, las danzas del trópico y las costumbres alegres nos hacen portadores de una verdad tan humana como la humanidad misma: en el mestizaje está la supervivencia; la algarabía caribeña no nos debe impedir reconocer que algo también malo pasa en esta tierra de nadie y de todos, algo que ensombrece nuestro color.

Cuando nuestros militares asesinan campesinos en el Cauca para hacerlos pasar por rebeldes dados de baja y cumplir con las cuotas de la guerra, cuando la construcción de un andén dura años o cuando el precio de la vida equivale a una botella de aguardiente, debemos frenar el paso de este país turbulento para replantearnos las bases sobre las cuales estamos construyendo la nación.

Cuáles son los valores compartidos, hasta dónde hemos tasado nuestra moral para exigirnos a nosotros mismos la consolidación de una sociedad que no permita excesos, qué es lo que vamos a permitir y lo que no, cuándo nos vamos a poner de acuerdo como comunidad para que en definitiva podamos garantizar nuestra convivencia.

Lo cierto es que para ser una verdadera nación, debemos crear vínculos más duraderos y símbolos mas vinculantes, de lo contrario, seguiremos siendo la comunidad del todo se vale. Debemos ponernos de acuerdo, moral y socialmente, para un provenir menos caótico y mas pensado, o acaso, ¿Seguiremos siendo el país folclor, el de los muertos, los borrachos y los desterrados?

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