Realidad Ficticia

Realidad Ficticia

Vivimos en una sociedad que toma la imagen como su eje central, que prima el objeto sobre el sujeto, que se esfuerza por aparentar más que en ser, que obliga a sus integrantes a trabajar en labores (mal pagas por cierto) que detestan para comprar chucherías que no necesitan buscando agradar a gente a la que no le importan. Todo gira alrededor de las billeteras y la cantidad de dinero que albergan las mismas, de la marca, todo se venera sobre la etiqueta de lo que compramos, olvidando que la carne es carne, sea la marca que lleve, que un rótulo no es garantía de calidad, que la acumulación de bienes y propiedades no puede ser meta primordial en la vida, que el estar dentro del sistema bancario sacando préstamos, tarjetas de crédito e hipotecas no es la felicidad, pues todo en la vida se paga, todo tiene un precio y quien vive al debe, debe vivir debiéndolo todo. Hasta la vida.

Mil razones se inventan para mantener idiotizada a la gente, campañas de mercadeo, difusión masiva de ideales de vida en medios de comunicación, tendencias socioculturales que hacen que el individuo sea valorado por la marca que usa, por el trabajo que tiene, por los ingresos que percibe y la cantidad de dinero que derrocha buscando la felicidad artificial en medio de luces de neón, sonidos estridentes y humo azucarado, negando fuentes de trabajo digno y saboteando a los que buscan salir adelante por sus propios medios.

Y la gente sufre, porque se ven excluidos de un sistema prístino, sin mácula, donde los feos, los pobres, los desempleados y los que no consumen marca, van a sitios que no están de moda y no siguen las tendencias del momento son indeseables. Casas de pisos de porcelanato, con neveras enormes rebosantes de comida, con platos llenos de carne tierna, arroz con mil preparaciones y familias sonrientes de ojos claros y cabellos claros son las ilusiones que venden a las sociedades que se vuelven parias de sus propias naciones sin saberlo, que desprecian a sus semejantes porque les recuerdan que ellos son iguales, por haber nacido en el mismo suelo y tener la misma sangre, por no tener piso en sus casas, comida en sus hogares ni derecho a vivir dignamente, pues esperar respeto en un país que desprecia a sus ciudadanos es la peor burla que se puede sufrir.

La felicidad está en el interior de las personas, no en la ropa que llevan, en los bienes que poseen ni en nada de lo que consumen. Pero se les olvida constantemente, y además de no ser felices, hacen infelices a sus congéneres, los maltratan y desprecian. Por eso no me gusta mi realidad. Porque deberíamos vivir cada vez mejor, cada vez más felices con lo que somos, tenemos, hacemos y vivimos. Pero somos cada vez más infelices y rencorosos, pensando que la tarjeta de crédito que manda el banco es sinónimo de felicidad, que el regalar el trabajo y dañar el mercado no nos afecta, porque mientras yo esté bien, el resto se pueden joder, que entre más endeudados estemos mejor imagen se proyecta ante los demás. Ojo, no es conformismo ni mediocridad. Es sentido común, es usar la cabeza para vivir bien realmente, no ficticia ni ilusamente.

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