Teatro

Teatro

En el diciembre reciente, Corea del norte resurgió del hermetismo con la muerte de su Dios, Kim Jong,  el Dios encarnado en la brutalidad del régimen. Fue un espectáculo social, un show histórico. La caravana del muerto deslizaba su opulencia entre las masas apiñadas que esperaban la última visión del ataúd. Cuando pasaba solemne, en la velocidad del rito, los coreanos lloraban agitados, brincaban en los gritos de la incomprensión, sus gestos eran muecas dibujando la tortura entre las lágrimas. Pero era un show, todo ese coro de dolor era una farsa dirigida por el miedo a una condena del régimen por no llorar, o por llorar demasiado. Fue un espectáculo de esclavos demostrando las atmosferas de su miseria.

La atracción no reprimió su amarillismo. La prensa registró la exótica noticia con subtítulos exóticos, y los ataques ideológicos al régimen se hicieron explotando el beneficio del suceso. Pero la farsa no excluye a las políticas opuestas, ni era exclusiva de Corea. El pandemonio del llanto no fue más que un eslabón entre las últimas hipérboles del mundo.

También miente el despacho de la casa blanca al irradiar sus altruismos. Miente Obama y la moral protestante de sus súbditos, mientras Irán vislumbra el sobrevuelo de los bombarderos y la tromba de las balas en sus pozos. Mienten los cuerpos al llorar por el declive de la especie y por las vidas de las guerras invasoras. Miente Ratzinger, sus obispos, sus rezos y sus trances en la mística de los palacios, extienden la farsa del dolor por el escándalo mundial de los pedófilos. Tienen oculto y activo el proyecto para inmunizarse, Crimen Sollicitationis, para esconder y circular entre parroquias al enfermo  y despistar las represalias. Miente Uribe, el cristiano que lloraba entre las misas implorando la paz que interrumpía, el cristiano que organiza los asilos de sus prófugos. Inventa Chávez con las flores de su paraíso fracasado, sobreactúa sus discursos evangélicos cuando su miedo y sus armas torturaron a Maritza Maldonado por hablar y denunciar su estado clínico. ActúaTimochenko al sostenerse en el anacronismo de su estatus, en el fervor que recibió de los cadáveres soviéticos.

Por la amenaza de sus equilibrios destruidos, mienten. Miente Restrepo y María del Pilar, y todos lloran por la historia de la patria que masacra guerrilleros falsos para el brillo de las cámaras, por la esquizoide paranoia del estado ante la idea militante y antagónica. Y todos lloran por la sangre desbordada del Salado y de Segovia, de Trujillo y de Mapiripan, pero es mentira. Todo ese jadeo de gargantas es mentira. Teatro elevado, la facultad histriónica de la razón que surge estética cuando el terror y el interés la dinamizan. Esto es un show de lágrimas hipócritas actuando en el desfile de los muertos.

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