Una tonta historia de un amor…

Una tonta historia de un amor…

Sebastián París…Que no merecemos

Jimena lloraba a un lado de la cama cuando César la vio. Ella no se percató de la presencia de su amigo; de ese amigo que siempre estaba para ella y ella quería tanto. Respiró profundo y se levantó. Cuando giró se sorprendió al ver a César mirándola con nostalgia.

—¿Qué te paso? —le preguntó observando el hematoma morado que llevaba en el pómulo izquierdo de la cara.

—Nada —mintió instintivamente.

—Sabes que no es la primera vez —César pasó sus dedos por la marca en su cara. Siempre tan considerado y oportuno.

—Me equivoqué, pero puedo manejarlo.

—¿Cómo? —preguntó su amigo expectante y muy sobrio. Siempre calmado.

—No equivocándome de nuevo —respondió Jimena con suficiencia, como creyendo sus propias palabras.

—Tu error es siempre el mismo.

—Sí, no debo provocarlo —dijo asintiendo con la cabeza. Las lágrimas ya no eran tantas, la presencia de César siempre la calmaba.

—No —respondió su amigo con un hilo de voz más fuerte—. Tu error es seguir con él.

—Pero él me ama, y yo lo amo. Es todo lo que tengo —discrepó frunciendo el ceño, como si aquel argumento de su amigo fuese absurdo.

—¿Por qué crees eso? —se sorprendió César.

—Porque es lo que el destino me ha dado, porque es el único hombre que una mujer como yo puede tener, porque esto no sucede siempre, y normalmente es muy bueno conmigo.

—¿Tan bueno como quién? —preguntó su amigo con indiferencia.

Jimena lo pensó un minuto. Su novio no tenía comparación, nadie más era como él, y nadie más la quería como mujer. Puede ser que su amigo tuviese razón, que no fuese culpa suya tener un criterio diferente al de su pareja, pero la vida le había enseñado a perdonar, tal vez después, podría ver ella ese amor que siempre le profesaba, después de golpearla.

—Tan bueno como tú, que se preocupa siempre por mí —respondió finalmente.

—Eso —dijo con calma César—, es de lo que no te das cuenta.

—¿Intentas decir que estás enamorado de mí? —el corazón de Jimena empezó a latir más fuerte.

—No —dijo apaciguando la voz, aunque fuese eso verdad, aunque él en el fondo de su corazón supiera que la amaba, que Jimena era la mujer a quien deseaba enseñarle todo lo que sabía. Lo único que deseaba era enseñarle, e iba a intentar hacerlo, intentar enseñarle qué significa realmente el amor—. Eso que acabas de observar al decir que ese sujeto es tan bueno como yo, te demuestra que él no es el único hombre que puede tratarte con amor, y además, demuestra que existen más hombres que están dispuestos a quererte de una forma diferente. Más humana, más transparente, más verdadera.

—Él es lo único que yo quiero —discrepó aunque dudara de ello. Aunque por momentos ella sintiera que no soportaba más el maltrato. No eran sólo los golpes, eran también los desplantes.

—¿Entonces no me quieres a mí? —le preguntó César.

Jimena lo miró con ternura. Nunca antes le había preguntado aquello.

—Claro que te quiero.

—Entonces, vuelves a equivocarte —continuó—. Si me quieres a mí, ese sujeto no es el único que puede despertarte emociones.

—Y según tú, entonces me equivoque con él —le reprochó la joven.

—No, no te equivocaste —César se acercó y sujetó sus manos con fuerza entrelazando las suyas en los cálidos dedos de la joven—.  Es sólo un error de percepción creer que ése es el único amor que mereces. Pero eres más grande que eso.

—¿Y si es un error de percepción cómo puedes ayudarme?

—Ya lo hago. Yo estoy aquí.

 

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