Y dijo, hágase la luz.

Y dijo, hágase la luz.

Una ciudad de más de cuatro millones de habitantes, tiene un alto consumo de energía en todo su sector urbano. Está el parpadeo de un reflector que cambia de rojo a amarillo y que transforma la pausa en verde. Está el tipo de cuello largo con cabeza pequeña que alumbra cada tantos metros una parte de la calle.

Están las vallas publicitarias que incitan a la prestigiosa pero algo asquerosa tradición de consumo-deshecho. Vallas que deben tener más cargas de energía que los otros elementos anteriormente mencionados.

Los ojos delanteros y traseros de los automóviles son luciérnagas titilantes que se incrustan en esta lista de utensilios de ciudad. El fósforo. También está fósforo del que camina prendiendo un cigarrillo que no pudo comprar en solitario porque ya se obliga a los ambulantes a suministrar 20 unidades y no una sola.

Están las que alumbran en el interior de las casas viejas o nuevas, de dudosa procedencia o de apellido tradicional. En una ciudad de más de cuatro millones de habitantes, están las linternas que buscan a los que no quieren ser encontrados. Está el laser en los adentros de una discoteca que te priva de la verdad y te ensordece con el pum pum de una música urbana.

Está la vela del lugar oscuro que reproduce música para enamorados. Está la pantalla de un computador que dibuja un tono rojo en los ojos de los adictos. La cancha de futbol con más reflectores para quienes juegan a ser ilustres ovejas tras un balón de manchas.

Y están los que alumbran en las manos. Con cuarenta y siete botones reproduciendo más de 20000 palabras al día. Y está la que se apagó cuando, a kilómetros de esta ciudad de más de cuatro millones de habitantes, un periodista fue callado y expulsado y desechado por opinar. Un periódico fue multado y juzgado y puesto a cerrar las puertas de su expresión por decisiones de dictaduras.

Sólo un comentario interrumpe una enumeración de objetos portadores de luz. Sólo un comentario que se puede borrar con poner en off una pantalla. Se sigue aquí en la ciudad de los cuatro millones algo de personas que apagan la luz para dormir, y la prenden para ver qué hora es.

Y el periodista, muy pronto olvidado, sigue prendiendo y apagando luces. Y el hombre que fuma sigue fumando sin saber de aquel periodista. En este desglose de palabras donde se dice nada y se repite todo, se habló de periodistas expulsados por gobiernos obsoletos. Sin embargo, cabe anotar que tan solo, se estaba escribiendo, se estaba hablando, se estaba narrando, una corta historia sobre bombillos.

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