Quiero ser una colombiana tonta

Quiero ser una colombiana tonta

Luces de todos los colores, brillos que iluminan el cielo, estrellas artificiales al alcance de nuestras manos, explosiones que parecen ser placenteras, sonrisas inocentes y miradas curiosas. Entre tanto alboroto se acerca el “más machito” a prender el Cohete de Pólvora que hizo para sorprender a sus amigos, con total confianza lo toma en sus manos y le pone fuego; un fuerte sonido lo aturdió y una luz lo encegueció.

Cuando el “más machito” abrió los ojos  vio el mismo brillo en sus ojos, pero está vez era una luz blanca fuerte,  acompañada de un intenso ardor en su cara y brazo; al reaccionar notó la lámpara del hospital y el vendaje en su cuerpo. Había perdido tres dedos de su mano izquierda, dos en la derecha y su rostro presentaba quemaduras de tercer grado.

La pólvora, el eterno acompañante de las noches de diciembre, el amigo de los “inteligentes” del barrio, el espectáculo de los padres “listos”  para sus pequeños hijos, la excusa perfecta para lucirse con los amigos. Lo que muchos no saben o no quieren entender es que esa combinación de nitrato, carbón y azufre es el motivo de las diez cirugías reconstructivas del “más machito”; de dos años de terapias con psicólogos y de dos navidades de encierro en las cuatro paredes de su habitación.  Muchos conocieron esta historia, muchos fueron testigos de la explosión en la cara del vecino, pero esto no es impedimento para que cada diciembre sin falta llegue un nuevo joven “inteligente” a quemar uno que otro volcán o culebra para “disfrutar” más de las fiestas.

Hace poco estaba sentada en el borde del andén, al escuchar el primer estruendo me paré, para evitar el sonido y cualquier otra cosa que pudiera pasar (es mejor prevenir que lamentar), desde lejos me gritaron “tonta”; miré para ver quién era el “inteligente” de este año, era un niño de tan sólo doce años que aún me miraba con risa burlona, tenía unos petardos en su mano derecha; le advertí que podría quemarse y seguí mi camino.

Que lástima que hayan colombianos “tontos” que prefieran alejar a sus hijos de éste tipo de actividades, que quieran tanto su vida y su cuerpo como para no exponerlo a este forma de “diversión sana”; colombianos “tontos” que prefieren gastar su dinero en una caja de buñuelos o natilla y una bandeja de brevas en vez de comprar tronantes y petacas, colombianos tontos que prefieren enseñarle a sus hijos a prender las luces del árbol de navidad y las de la ventana que da a la calle y no las de un volcán.

Si eso es ser un colombiano tonto o aguafiestas como lo dicen los machitos, YO QUIERO SER UNA TONTA. Queridos clavianos, no quiero dar un sermón más sobre “no usar pólvora”, no estoy aquí para exigirles nada, ni mucho menos para parecer su abuelita; solamente me quiero limitar a contarles una de las tantas cosas que les puede pasar si quieren ser el “más machito” de su cuadra.

Ya verán si quieren pasar su navidad en el hospital; yo me quedaré prendiendo una velita para ver si el niño Dios me regala más tonterías.

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