Como se puede hacer en Cali

Como se puede hacer en Cali

Yo siempre he criticado a Cali, decía que allá no pasaba nada, que en esa ciudad estaba el Diablo, me quejaba de toda la negramenta, maldecía la narcocultura, condenaba la inseguridad, insultaba a los chatarros de La Fuente y Bourbon Street, odiaba el calor y que mis axilas sudaran a las 12 del día, por más No Sweat que me aplicara. Me quejaba de los trancones, de los cochinos buses, de que siempre tenía que ir a Lolas, El Escondite o a Bamboleiro, de que los únicos sitios pa’ enrumbarse con electrónica fueran Club Sonica o el purgatorio de Elíptica, de toda la parafernalia que hace la gente para entrar a un puto chuzo en Granada, de que la policía fuera tan inepta, de que nuestro orgullo fuera la malgastada salsa, de que el prototipo de hembrita no fuera una flaquita con cara bonita y pinta de drogadicta millonaria, sino unas delicias tetonas, culonas y sudadas, de que mis conocidos quisieran ser reguetoneros, de lo aburridos que se habían vuelto Chipichape y Unicentro, de que el alcalde fuera una loca, el gobernador un mafioso y de que ningún artista decente de rock, indie o electro pop, le diera por pisar sus ahuecadas calles.

Así que me vine a  Bogotá,  tratando de buscar una ciudad más áspera (por mí me hubiera ido del país pero la plata no me alcanzaba en esa época ni ahora), y aunque por fin me siento a gusto en un lugar, debo confesar que con los meses que llevo viviendo acá, de vez en cuando extraño a Cali. Sí, lo confieso, extraño toda esa guachada, así que he concluido que la capital vallecaucana es para ir de vacaciones. Comenzando porque allá están las mejores panaderías. Uno en Bogotá no consigue buñuelos y pandebonos tan ásperos como los que se comen en la tierra de Junior Jein.

Además se puede  comprar ganja con tal naturalidad en los barrios Granada o El Ingenio como si se estuviera comprando una camiseta, unos zapatos o alguna otra maricada. Y si la policía lo pilla a uno, no pasa nada, tan sólo les pela los dientes o hace cara de perrito regañado, les sigue el juego, se disculpa y si ya uno los ve muy tirado’ a locos pues les suelta diez, veinte lucas pa’ la gasolina, y les dice que no lo vuelve hacer.

Y es que uno tiene que irse para darse cuenta que aquella urbe calentana sí vale la pena. Tiene el mejor aguardiente que existe (El Blanco), los mejores pasteles de hojaldre (La Locura) y las hembritas mantienen en faldita, chorsitos, vestiditos; además por cada diez de ellas, cinco tiene alguna cirugía.  Antes yo amaba las flacuchentas bonitas, las caritas lindas, pero tuve que caminar por el Andino y La T, para extrañar el volumen, las voluptuosas, y empezar a aburrirme de todas esas mujeres tapadas y abrigadas por ese puto frío, de esos pelos grasosos, de  esas caras bonitas que tras diez capas de abrigos y mantas, esconden una blanca jamonada o una desgarbada forma. Y pues aclaro que no estoy generalizando, es lo que a mí me ha tocado, de pronto alguien dirá “que man tan imbécil, eso no ocurre ni allá ni acá”, y tal vez tenga razón, la verdad no sé. Sólo puedo decir que quiero que lleguen las vacaciones para volver a emborracharme en cualquier esquina, con el capot de un carro a todo volumen y varias zánganas bailando reguetón, sin que nadie me joda la vida, como se puede hacer en Cali.

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