Crónica, La Casa Blanca vs La Cabellera Blanca: Una lucha de esperanza

Crónica, La Casa Blanca vs La Cabellera Blanca: Una lucha de esperanza

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La Casa Blanca es sin lugar a dudas uno de los edificios más custodiados del planeta pues no solo es la residencia del presidente de los Estados Unidos de América, sino sobre todo, el símbolo del  poder que ejerce este país a nivel mundial. La imponencia simbólica de la edificación es desafiada desde el 1 de agosto de 1981 por un rancho de plástico y cartón en el  que Concepción Matín Piccioto –más conocida como Connie o Conchita- mantiene una protesta pacífica ininterrumpida en contra de la política guerrerista agenciada desde la residencia presidencial.

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Conchita llegó a la 1600 Pennsylvania Avenue NW –domicilio postal de la Casa Blanca- cuando tenía 36 años de edad, motivada por una tragedia personal: luego de divorciarse de un italo-norteamericano con el que estuvo casada, una corte de Manhattan le dio la patria potestad de su hija a su ex esposo argumentando que ella “no cumplía con el perfil necesario para ser una buena madre”, pues sus años de efervescencia juvenil los había dedicado al activismo político y la lucha por la defensa de los Derechos Humanos. Movió cielo y tierra para recuperar a su hija, pero sus esfuerzos fueron en vano. “Aquello fue una injusticia y una persecución del gobierno americano contra el que llevo luchando desde mi juventud. Seguiré luchando hasta que Dios lo permita”, afirma.

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Con el paso del tiempo su lucha fue sufriendo una metamorfosis. “Reflexioné y entendí que mi problema era el síntoma de un sistema de gobierno que no se preocupa por los ciudadanos, sino solo por aumentar su poder en el mundo. Por eso Estados Unidos se la ha pasado inventando guerras en todas partes”, afirma. Si la lucha era en contra de la guerra se tenía que armar: valentía, paciencia, astucia, esperanza y varios carteles en contra de la guerra han sido su arsenal.

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Los años han pasado y su cabellera se ha teñido de la ceniza que llega con la brisa otoñal del tiempo: el color de su pelo hace juego con la fachada de la casa de al frente, en la que hoy todavía se sigue alimentando el monstruo de la guerra. No obstante con Conchita no han podido, contra la esperanza no hay armas que valgan.

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Permanece sentada dentro de su bunker de resistencia pacífica y cada que algún curioso se le acerca, sale a darle la bienvenida con una sonrisa diáfana y de inmediato, con un tono de voz que solo lo da la sabiduría de los años y el dolor del alma,  empieza a contar los motivos de su lucha.

Es imposible ver a esta mujer y no sentir algo de vergüenza por la comodidad y resignación con la que soportamos la realidad. Nos conformamos con el mundo que tenemos y asumimos las tragedias humanas como una cuestión natural, sin ni siquiera inmutarnos a soñar otro mundo posible. Esta anciana de 73 años todavía sueña y lucha por un mundo mejor que definitivamente no verá ella, ni su hija perdida, pero sí tal vez los hijos de los hijos de los hijos de los hijos de su hija perdida.

Por Hugo Correal

Fotos: Hugo Correal

Twitter: @HugoCorreal

 

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