Cualquier martes

Cualquier martes

Hay martes trece y hay días peores. Suena el despertador. Estiramos la mano en un acto de fe que dure solo cinco minutos más. Nos imaginamos la escena que sigue en la que el píe derecho pisa con pereza el baldosa helada, porque hay que contrarrestar los días de fatalidades, los martes esporádicos de impares y mala suerte, pero eso solo es imaginación. ¡Cinco minutos más!

Ayer lunes se nos advirtió que el día de hoy iba a ser despiadado, que había que andarlo con cuidado, había que ser cautelosos y cuidarnos de pasar por debajo de las escaleras del vecino que arregla la fachada, de evitar el gato negro de la señora del 305, de no pasar la sal de mano en mano a la hora del almuerzo. ¡Malvenidos! Hoy es ese martes y ya pasaron 25 minutos desde que apagamos el despertador. Nos cogió la tarde. Sabíamos que era martes trece.

Con cuidado. No sea que la mala suerte nos llegue por detrás o por delante o que nos llegue con más fuerza hoy que es martes. Pero qué puede ser peor que la rutina matinal, esa constante que nos revuelve la vida. Las simples cosas con las que cargamos todos el tiempo. Cuando es de mañana y nos damos cuenta que se acabó la crema dental, que ya no hay pan en la alacena, que desde la noche anterior cortaron el agua.

En el paradero de buses la fila es monumental, el retraso marca más de media hora por delante, olvidamos el dinero para el almuerzo, el celular solo tiene una barra en el indicador de la batería, los audífonos y el cargador se quedaron encima de la mesa del comedor.

Puede pasar que nos empaquemos en el bus como una salchicha y demos en frente con los olores de otros que no saben algunas normalidades sobre jabón de baño. ¡Avanzamos por la ciudad! Pero hoy como nunca se nos ocurre pensar por qué trabajamos al otro extremo de la casa en que vivimos.

Llegamos a estrujones. Media hora tarde pero es parte del control que tenemos sobre los otros y nosotros mismos. Siempre calculamos que los martes el jefe de área, ese que nos pone hacer informes faltando cinco minutos para salir, no llega temprano. Tenemos la dicha de saber que no estará en su puesto. Lo que no sabemos. Lo que no tuvimos en cuenta era que la Divina Providencia hace favores pero no demora en cobrarlos y que el ‘pluma blanca’ no se anda con rodeos y es más supersticioso de lo que parece. Que se levanto temprano previniendo lo del gato, lo de la escalera, algún choque en la avenida y hoy día impar le tocaba el pico y placa. Ese hombre se decidió a madrugar como ningún otro martes y nos espera con su cara de ogro y con un ‘memorandum’ en la mano.

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