De malos trabajos y malas remuneraciones

De malos trabajos y malas remuneraciones

El mercado laboral maneja tendencias y situaciones que atentan con la vieja escuela de “trabajo bien realizado, trabajo bien pagado”. Uno trabaja con ganas – cuando hay trabajo, claro está – esperando que la labor realizada genere un pago proporcional, adecuado al esfuerzo hecho.

Eso hoy en día no se da. Las empresas (no todas, aclaro, pero sí la gran mayoría) esperan que las personas trabajen incansablemente, a veces doblándose en turnos, cargos o capacidad, por un salario que atenta de frente a la dignidad de quien espera su pago. Las empresas juegan con la necesidad de la gente, haciendo ofertas desobligantes, cargadas de cinismo descarado, amparadas bajo ese argumento pendejo y soez de “eso es lo que hay, tómelo o déjelo”, porque saben que afuera, hay una fila enorme de personas necesitadas que están de deudas hasta el cuello y que lastimosamente tienen que salir a regalar su trabajo.

¿Esto de dónde viene? ¿Porqué dejamos que ésta situación ocurriera? Antaño, si se hacía un trabajo, se recibía el pago justo por el mismo, se daba lo mejor esperando  que el pago fuera proporcional a la labor realizada, pero con el paso de los años, la gente empezó a manejar una lógica perversa que permeó las esferas empresariales, jodiendo a las personas: exprimir a los empleados y trabajadores por salarios paupérrimos, o en una esfera menos sindicalista y laboral, esperar que les hagan los trabajos gratis.

Eso se ve hoy en día  en  colegios y universidades, donde los jóvenes pretenden obtener trabajos de calidad con cara de favores sin remuneración alguna, cimentando las bases de esa lógica perversa de la que se habla. “Ve, necesito que me hagás un ensayo de sociología para la otra semana” dicen algunos jóvenes a familiares y amigos profesionales, escudados a veces en su falta de tiempo, su falta de voluntad, mediocridad o física pereza de hacer los trabajos, porque impedidos no son. Ni siquiera piden el favor, sino que lo enuncian imperativamente. Algunos, que todavía adolecen de amor fraternal, ayudan a su hermano, primo, pariente, y se clavan a hacer un trabajo excelente, precioso, lindo por donde se le mire. Otros más sensatos y con algo de sentido común, les dicen que hacer ese ensayo, esa relatoría, ese trabajito, vale plata.

Pero el joven que ha requerido este servicio no se le pasa por la cabeza ni un momento que el trabajo contratado vale, como todo en la vida. Y cuando se les hace la mera mención de lo que deben pagar por lo que han contratado, salen con esa frase de “aah, es que no tengo plata…” pretendiendo que se les haga la labor requerida de puro chévere. Otros, algo más “sensatos”, salen con contraofertas que ofenden. Pero como aún existen pendejos que creen que accediendo a realizar el trabajo por cualquier peso les hacen un favor, los malacostumbran, cimentando ese futuro laboral tan negativo para todos los profesionales colombianos: el abuso laboral.

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